CHIRINGUITOS Y NAVAJAS

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Cerrar 25 chiringuitos casi a las puertas del verano no parece una buena decisión. Desde luego si se tratase de bares en primera líneas de playa, sería una medida nefasta. Adiós al tinto de verano, a la cañita con aceitunas, a la música de Georgie Dann, a los biquinis cuyas costuras no revientan pese a los miles de arrobas que se acumulan en su interior, a los bañadores paqueteros, al ambientador con aroma a fritanga... ¡Maldita Ley de Costas!

Pero cuando se trata de los otros chiringuitos, de los que componen la Administración autonómica paralela, denominación que alumbró en sus tiempos de conselleira la actual musa del nuevo galleguismo, Teresa Táboas, la cosa cambia. Entre los 25 cierres y la reorganización de otros 30 chiringuitos, la Xunta prevé que se ahorrarán cada año 25 millones de euros, una cantidad nada despreciable.

Y ahora que ya se ha cogido pista, no estaría mal que continuase la supresión de organismos inútiles, pero no solo en Galicia. Rajoy podía tomar nota desde Madrid, sacar las tijeras de podar y empezar a recortar, porque además, como que ya tiene la Televisión Española de su lado, sería muy fácil vender los recortes como el mayor de los aciertos de un gobierno español en los últimos años. Aunque también hay que reconocer que eso no tendría mucho mérito, por los siete años anteriores a su victoria electoral fueron un desatino prácticamente constante.

Pero eso ya es historia, como lo es la Champions para el Madrid y el Barcelona, la obligación de que los presos de ETA pida perdón a las víctimas para disfrutar de los privilegios de la reinserción, los viajes del rey a Botsuana o la unidad inquebrantable del Bloque.

Hay que mirar, por lo tanto, hacia el futuro y pensar en un país con, por ejemplo, solo 2.000 ayuntamientos, aunque eso suponga que también haya únicamente 2.000 alcaldes y los partidos pierdan gran parte del poder del que disfrutan desde las primeras elecciones municipales. Es verdad que la reducción llevaría consigo una etapa de esplendor de la industria de las navajas, pero vale la pena correr el riesgo. Taramundi está a un paso de Galicia, así que no habría que gastar mucho en gasolina y, en cambio, se abriría una oportunidad magnífica para presionar al Gobierno para que acabe de una vez la Transcantábrica.

El navajeo aceleraría la caída demográfica, pero también serviría para evitar las playas llenas de bañistas, con lo que los chiringuitos se volverían habitables, que, al final, es lo que importa. Incluso aunque haya que conformarse con un corto de cerveza para todo el día porque el sueldo no da para más.

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