Negacionismo, oportunismo, totalitarismo

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Es estúpido negar el virus y las medidas de contención en función de la posibilidad de error del racionalismo científico y la razón social porque unos y otros pueden estar confundidos, no son dogma, pero no así la enfermedad que postra y mata a miles de hombres por todos los rumbos del mundo. ¿Qué sentido tiene, frente a esa evidencia, negar que la dolencia está ahí? Como tampoco lo tiene poner en duda la eficacia de las elementales medidas de autoprotección. Cabe que la mascarilla o los geles desinfectantes no sirvan de nada, acaso tampoco la distancia o el confinarse, pero qué nos queda sino probar con aquello que disponemos y más cuando algunas de esas medidas se han mostrado efectivas.

Dicho esto, afirmo que si el negacionismo es un pecado, el oportunismo político es una infamia y si se condena con esa saña a esos grupúsculos es sano preguntarse ¿por qué en los días mayores de la pandemia fue el propio gobierno el que no solo no recomendó el uso de mascarillas sino que puso en duda su efectividad? Y lo hizo con la aquiescencia de muchos de los que ahora quemarían en la hoguera a quienes niegan su eficacia. Hablo de la legitimidad del gobierno y sus corifeos para mostrarse contundentes con quienes no hace mucho eran sus apologetas y menos aún a esos que en su día callaron y ahora gritan. 

Las sociedades que se entregan a los extremos terminan arrinconadas, debilitadas y expuestas a nuevas formas de totalitarismo.

Negacionismo, oportunismo, totalitarismo