LA CONCIENCIA

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Así como Pepito Grillo era, en el cuento, la conciencia de Pinocho, habrá que buscar entre los coruñeses a alguno que pueda hacer las veces de la conciencia de Negreira, alcalde de La Coruña, poseedor de la eterna sonrisa de hombre feliz y tranquilo con sus estados de ánimo.
Y digo todo lo que antecede porque un día de estos –sobre todo, en las mañanas de invierno, noche cerrada– va a acontecer una desgracia, mortal y definitiva, en el Paseo del Parrote.
Paso a hablar, lo juro, con toda solemnidad y seriedad. Les pongo en antecedentes. Hora, siete y media de la mañana. Lugar: el paso de peatones, bastante borrado en las barras del suelo, que va de la salida de la calle de Tabernas hasta la acera opuesta, donde está la edificación de La Solana. Ambiente: Noche negra, negra como boca de lobo. Tráfico incesante, casi como en ninguna otra zona de La Coruña a esa hora. Testigo: Yo, mismo. Protagonistas: Un padre y dos hijas menores. Cruzan, pero un coche a 70 kilómetros por hora casi se las lleva por delante. Susto grande, conmociones pequeñas. La gente se agolpa. Ni un triste guardia municipal. Ni un esporádico semáforo. Las huellas de las ruedas en el suelo son testigos mudos de la gran desgracia que estuvo a punto de acontecer.
Por allí circulan, se han hecho los cálculos, 70 coches por minuto a esa “hora punta”. Ni un semáforo aunque fuese transitorio. Ni un guardia. Velocidades endiabladas. Sustos continuos, La curva del Parrote, tapada por coches grandes o furgonetas que aparcan allí. Los testigos del suceso querían acudir al ayuntamiento con intención de linchamiento. Muchos coches ni frenan.
Cuando haya una muerte se la achacaremos al gobierno local. Y no habrá Pepe Grillo que lo salve.
Esta vez no estoy de coña, aunque haya quien sigan mostrando su sonrisa.

LA CONCIENCIA