El carnaval de Juan Galdo

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Una orgía de color inunda los espacios del Centro Torrente Ballester, donde el pintor ferrolano Juan Galdo muestra su variopinto universo de personajes carnavalescos: músicos, payasos, comparsas, comadres, brujas, diablos... y demás especímenes que se dan cita en el imaginario gallego convocando su espíritu popular de “rexouba” y de humor esperpéntico; esa catarsis colectiva que tan bien supo captar Valle Inclán y a la que Galgo le pone su exaltado cromatismo, que podría entroncar con la pasión fauve, pero que también está  bien arraigada en nosotros, como ya destacaba Murguía, y que podemos encontrar en Sotomayor, en Tomás Barros, en Alfonso Abelenda..., entre tantos otros. 
Él es de esta estirpe, de los que llevan la luz irisada en las entrañas y que luego les brota, candente, viva, apasionada. Esa luz no está en la realidad, sino en el sentimiento, en el arte de la entonación y de la pincelada bien puesta, que eso es la pintura y eso es lo que es Galdo: un auténtico pintor. Por eso, aunque utiliza la figura, sus cuadros son composiciones perfectamente ajustadas a esa intensidad, a ese delirio cromático que le posee y que él sabe articular en planos equilibrados, en los que predominan  las luces cálidas, pero atemperadas por un delicado juego de colores complementarios o enfriadas con ajustados contrastes. Sus personajes, de encendidos rostros y ropajes polícromos, en tonalidades de intenso amarillo y naranja, azul, violáceo, verde...,  dan cauce a toda una explosión de alegres temperaturas que expresan toda la vitalidad dionisíaca de nuestras gentes y hacen un canto afirmativo a la vida. Músicos y música del color, con disfrazados  que  templan  gaitas o afinan flautas  o tocan panderos, rodeados de danzarinas máscaras y choqueiros graciosos, son expresión de disfrute, de alegría y de conjuración de sombras. Hay, ciertamente, una Galicia de la saudade, de las atmósferas envolventes y las orballadas lejanías, pero hay también una Galicia de la fiesta, de la verbena, del humor, del jolgorio, de la pandeirada, de la participación colectiva, de la cercanía al otro; de la primera, hay quizá alguna reminiscencia  en la obra de Juan Galdo, en las tintas sopladas, sobre las que “chove miudiño” -como diría Rosalía de Castro-; pero la segunda se manifiesta en él con toda su fuerza pánica y sus polifonías de color. No sabemos si el alma de nuestro pueblo está cambiando y perdiendo la raíz de su ser, pero mientras queden artistas como Juan Galdo es que nuestra idiosincrasia sigue viva. 
 

El carnaval de Juan Galdo