RETOS PARA EL NUEVO PAPA

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El día 28 se cerrará el capítulo papal de Benedicto XVI. No será como de costumbre después de solemnes funerales, sino que acontece por renuncia programada. Un hecho histórico que marca un antes y un después en las tradiciones de la Iglesia. La renuncia del papa, como la de cualquier otro mandatario, debiera ser un hecho normal cuando no se sienta con la fortaleza necesaria para asumir sus responsabilidades. Dejarlo es lo coherente y en este caso parece un rasgo de frescura e inteligencia. Intuyo que en la opacidad de los motivos no todo está escrito. Demasiados interrogantes sin respuesta: intrigas, conspiración, soledad, cansancio. Una red envolvente, ajena a su voluntad que tejía y destejía. Hoy por hoy con más incógnitas que respuestas.

A pocos días de que se anuncie sede vacante, la maquinaria para elección del sucesor está en marcha. Lo que tiene trascendencia para el futuro es si el elegido en el cónclave será capaz de afrontar los retos del siglo XXI. Y ello significa romper con estructuras casi medievales, modernizarse y acercarse a la realidad de la vida. Ese boato palaciego le encierra y aleja de millones de personas que sufren en el mundo.

Estamos ante una institución envejecida por ello el rejuvenecimiento en la toma de decisiones es importante. Y lo es también ante su queja por falta de vocaciones religiosas, pero no es capaz de conocer de cerca lo que siente y piensa la juventud. No basta con imponer prohibiciones, sino convivir con sus realidades sin criminalizarlas y adecuar el discurso y los hechos.

Dos cuestiones más que debieran ocupar la cabeza del elegido: el celibato obligatorio tan cuestionado como quebrantado deberá abordarse con valentía y sin falsa moral encubridora. Finalmente el nuevo Papa, necesariamente hombre, porque lo son los cardenales electos, tendrá que dar pasos en la ordenación de mujeres; son las que están coadyuvando al mantenimiento y atención de muchas comunidades religiosas, pero siempre ocupando funciones secundarias, en muchos casos serviles y sin responsabilidad. Es tiempo de que las mujeres ocupen lugares de relevancia en la jerarquía eclesiástica. Los errores de los hombres ya los conocemos, dejen que las mujeres acierten y se equivoquen como todos los mortales.

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