HERVOR ESTOICO

|

Mi amigo va de acá para ella sin paz ni sosiego. Camina con el peso del mundo a su espalda. Le falta un hervor. Esa pizca de estoicismo, característica de la hinchada blanquiazul , que le permita aguantar las inquietudes sobrevenidas a mil presiones futbolísticas esperando milagros que suceden pocas veces. Está tejido de angustias y sacudido por temores. Si le gusta una muchacha y pretende ligar con ella recibe calabazas. Si en la elecciones vota por un partido sale el antagónico. Sufre frustración genética de héroe maldito perseguido por los dioses. Algo tan sencillo como gozar cualquiera de nuestras hermosas playas se vuelve tarea titánica en pos de un bienestar climático escamoteado.
Le gusta el calorcito solar. La brisa tonificante. La temperatura agradable. Broncearse con crema de protección quince que le dará aspecto saludable. ¡Pero si quieres arroz, Catalina! Es un quiero y no puedo porque nuestra temperatura ambiental se niega sistemáticamente a complacerlo: sopla fuerte brisa, el sol dorado resulta engañoso, el frío se hace cuchillo afilado que martiriza la piel.
Mi camarada coruñés debería asumir con paciencia su idiosincrasia. Palpita en su existencia un destino ineludible que si sabe aguantar le depaarrá recompensa. Desde la osadía de nuestra interrelación  recomendaría a mi colega que leyese cualquiera de los escritos del mexicano
Amado Nervo. Y listo a aconsejar me inclinaría, por la receta XXX “Bueno, ¡y qué!”… contenida en “Plenitud”... En cuanto un miedo, una aprensión quieran turbar los cristales de tu alma, repite dentro de ti “Bueno. ¡y qué!... Si incrustas esta frase en tu alma, te inundará una gran paz. En lo más hondo de todas las catástrofes, por espantosas que las supongas, quedará siempre “tu yo”, inmortal, inaccesible, al cual nada ni nadie puede hacer mal.

HERVOR ESTOICO