Proceso y conflicto

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Comparto la ecuación argumental del presidente de SCC (Societat Civil Catalana), José Rusiñol, cuando sostiene que “el procés ha muerto pero el conflicto permanece”. Demuestra que el Estado de Derecho funcionó impidiendo un descarado intento de romper el orden constitucional, pero Cataluña partido se partió en dos por un enfrentamiento civil que sigue vivo.
En el aquí y ahora de la política y de la reacción ciudadana hay dos formas de enfrentarlo:
Por un lado, la justa intransigencia desplegada por Ciudadanos y el PP, dos fuerzas de inequívoca adhesión constitucional, y una buena parte de la ciudadanía que exige contundencia judicial y política contra el independentismo. Por supuesto, en estricta aplicación de las previsiones legales por presuntos delitos de rebelión y otros.
Por otro lado están los partidarios de mantener abiertos los puentes del diálogo y suavizar los rigores legales, evitar los choques frontales y esperar pacientemente a que el soberanismo pierda fuerza al ritmo de sus frustraciones y de los ataques de contrariedad acumulados en su delirante hoja de ruta hacia metas identitarias sin cabida en la legalidad vigente.
En este segundo grupo se sitúan los responsables de SCC. Su percepción del conflicto coincide en gran parte con la del actual Gobierno socialista. A la espera de que los catalanes acaben dándose cuenta de que no pueden permitir que sus instituciones se rindan al narcisismo de Puigdemont, de que no pueden continuar con un govern reñido con el principio de presentación (solo gobierna para el 47% de los catalanes) y un president como Torra que alimenta el activismo callejero.
Moncloa y SCC coinciden en abstenerse de tensionar las calles y el espacio publico. Quieren evitar la tensión y las movilizaciones callejeras, por no aumentar el enfrentamiento. La filosofía de esa estrategia de diálogo, distensión y apaciguamiento que abraza el Gobierno de Pedro Sánchez pasa por convertirse en mirones de la progresiva descomposición del independentismo. Y una prueba reciente la han dado los antisistema de la CUP, que prácticamente han abandonado el frente común porque “Torra ha vuelto al autonomismo”.
Seguro que, aunque por razones distintas, la delegada del Gobierno en Cataluña, Teresa Cunillera, elogiaría este inesperado rasgo de lucidez en una fuerza curtida en el gamberrismo político y parlamentario. Y menciono a Cunillera porque probablemente es quien en las filas gubernamentales mejor representa la posición optimista de quienes creen que, efectivamente, el “procés” ha muerto, y el conflicto tenderá a disminuir si mantenemos la calma, sin entrar al trapo de las provocaciones y ejerciendo las tres virtudes indicadas: “Paciencia, inteligencia y disciplina”.

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