El sorteo en el que nadie quiere resultar agraciado

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LA cabeciña non para y el bombo de la Marea, nasía pa’ganá, tampoco. No es un artilugio grandioso, como el del sorteo de la Lotería de Navidad, es más de xente do común, de partida casera de bingo que siempre gana la abuela. Su cometido habitual es determinar el concejal agraciado cada vez que Xulio Ferreiro, el Varoufakis de A Gaiteira, pone en juego un erasmus –por cierto, aseguran que hay bolas trucadas, pues algunos ediles se pasan más tiempo de viaje que en su despacho, no trabajando, eh, sino en su despacho–. Ahora, se utiliza para decidir qué calles abandonan las tinieblas y entran en el paraíso de la luz, la luz navideña, la esperpéntica luz navideña. La intranquilidad crece entre los vecinos, pero no porque deseen fervientemente que la salga la bola con el nombre de su calle, sino por todo lo contrario. Prefieren seguir sumidos en la oscuridad y darse de bruces con la Santa Compaña al volver a casa por la noche, que asomarse a la ventana y encontrarse con un pollo a un palmo.

El sorteo en el que nadie quiere resultar agraciado