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Hace un par de días estuve viendo un reportaje en la BBC sobre la preparación del mundial de futbol en Qatar 2020. El programa se iniciaba con el anuncio de una queja de la corporación británica dirigida a la FIFA en relación a los problemas de libertad de expresión que habían sufrido varios periodistas ingleses a la hora de elaborar un programa relacionado con las condiciones laborales de los trabajadores de las empresas que se encargaban de las obras de los estadios.
Se quejaba con razón, que el gobierno catarí no respetaba la libertad de prensa, pues fueron múltiples las cortapisas y limitaciones que se encontró un equipo de televisión para poder sacar el material grabado del país así como para poder concertar entrevistas de forma libre.
Esta queja guarda una íntima relación con las penosas condiciones laborales de los trabajadores extranjeros al servicio de las empresas pertenecientes a la élite catarí. Así por ejemplo se les retira el pasaporte, el cual está en posesión de su empleador, quien tiene la potestad de informar al Estado si el trabajador cumple con los horarios y condiciones del trabajo.
La mayoría no tienen asistencia sanitaria y residen en contenedores a altísimas temperaturas en las afueras de las ciudades. Se trata de una situación de moderna  esclavitud que está ante nuestros hipócritas ojos occidentales y que la redondez de la pelota nos lo impide ver. Se calcula, y cito fuentes de la propia BBC, que en torno a 4.000 trabajadores morirán hasta el año 2020 por las penosas jornadas de trabajo que están obligados a soportar. Ante esta situación ¿Qué hacen las democracias occidentales? Nada, absolutamente nada. Los diferentes equipos nacionales dependen jerárquicamente de las federaciones nacionales, las cuales, como es el caso de España, dependen con cierta autonomía de los ministerios de Cultura y Deporte y de sus legislaciones nacionales. Aquí, y en Grecia también.
Luego es una decisión política de los gobiernos europeos  la que podría impedir que sus selecciones acudan a dicho torneo. Sin los mejores jugadores de Europa no tendría sentido la celebración del mundial en Qatar. Y ya que hablamos de “pelotas”, permítanme una maldad que sin duda entenderá su destinatario: “Me dijo un sapo que de cinco a ocho faltan tres”.

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