ANÓNIMOS SIN ROSTRO

Todos andamos por la cuerda floja de las circunstancias, por eso es muy fácil caer en una situación de exclusión social, que nos deja como único patrimonio, en algunos casos ni eso, la propia dignidad y la experiencia de la vida. En España hay más de 30.000 personas sin hogar, que viven prácticamente en la calle, en Francia son unas 200.000, en Alemania medio millón…, ¿qué medidas adoptan los gobiernos europeos y la propia UE, que se vanaglorian de la “sociedad del ocio y del consumo”, pero permiten estas situaciones denigrantes de marginación y exclusión social? Desde luego, no lo suficiente.
La impotencia para torear las embestidas de la vida y afrontar la permanente y enfermiza “adoración” al dinero, la carencia de recursos básicos o la propia sociedad, demasiado individualista, lleva a muchas personas a caer en lo más profundo de la miseria humana, la marginación y la exclusión social. Lo peor es que la mayoría de estas personas se sienten culpables, en vez de víctimas. Quizás ese sentimiento se inventó, desde la propia sociedad moderna, para evitar el superávit de triunfadores.
En los últimos tiempos vemos, con tristeza, rabia contenida  e impotencia, como crece el número de desheredados que carecen de techo y de lo mínimo para subsistir. ¿Qué hacen los representantes de los poderes públicos, con sueldos millonarios y suntuosos patrimonios, para garantizar un puesto de trabajo, un salario social o renta básica y el acceso a una vivienda digna, para todos sus ciudadanos?

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