El valor de un voto

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El pasado 1 de octubre se cumplieron 81 años de la aprobación en el Congreso del voto femenino. Lo comentaba estos días con una joven de unos 34 años y se asombraba de que hiciese tan poco tiempo que hubiéramos conseguido ese derecho que hoy nos parece lo más natural. También le recordaba que pese a ello habíamos estado 40 años sin ejercerlo, en este caso mujeres y hombres por la dictadura.

Las personas que nacieron en democracia según crecían iban avanzando en derechos y calidad de vida que ni sus padres ni mucho menos sus abuelos habían conocido. Nacer en democracia significó ejercer el derecho al voto y acceder a la educación en igualdad de condiciones, para ir a la universidad no era necesario ser hijo de papá. Lo mismo podríamos decir de disfrutar de una sanidad universal y gratuita.

También significó que los abuelos y los padres de esa joven pudieran percibir una pensión de jubilación. Todos tenían un derecho, no una beneficencia, que parece ser el futuro. La pensión y su revalorización ya no son automáticas, sino que van a depender de la pesadilla del déficit, de la prima de riesgo y de la insensibilidad de quien nos gobierna.

Hasta hace muy poco tiempo pensábamos que todos estos derechos podían avanzar pero nunca retroceder. Hoy vemos que las generaciones de jóvenes pierden la esperanza en su futuro, con la agravante de que tienen una excelente preparación académica: les hemos educado para asumir las dificultades normales de la vida pero no para tener que nadar sin salvavidas en medio de gran oleaje.

Hay otro riesgo preocupante del momento que vivimos: los derechos fundamentales y libertades públicas se están cuestionando por la incomodidad que genera la crítica o la protesta, ejercida tantas veces en los 34 años que nuestro país goza de una Constitución que los ampara. Por eso, cuando se escuchan expresiones como “modular el derecho de manifestación” se está ocultando la verdadera voluntad de un peligroso cambio en ese derecho. Estas reflexiones vienen a cuento de que los derechos y las libertades pueden cambiar cuando hay intencionalidad y capacidad política. La intención puede estar latente, la capacidad depende de la mayoría que tenga un Gobierno para ejercerla.

De ahí el valor de un voto, el valor de la decisión libre e individual de los ciudadanos a la hora de ejercer ese derecho. El voto de las mujeres, con cuyo recuerdo iniciaba estas líneas, y el acceso a la educación cambió no solo la vida de la mujer sino de toda la sociedad. Nada apareció por casualidad. Retroceder es más fácil de lo que pensábamos. Pongamos en valor nuestra capacidad de decidir y defendamos con nuestro voto derechos y libertades.

El valor de un voto