EMPUJONES IMPACIENTES

|

Me causa cierto aburrimiento acercarme a la política doméstica, de la misma manera que me aburriría bastante acercarme al plan urbanístico de una capital de provincias. El mundo está cambiando, va a transformarse de una manera imprevisible, pero nosotros estamos muy entretenidos en el partido de fútbol que hemos organizado en el patio del colegio, y donde parece que la solución es que a Rajoy le echen fuera de la alineación. Los argumentos son exactamente iguales a los que podrían pedir que cambiaran al capitán del equipo de los socialistas. De pronto, se dice que los grandes varandas del Ibex 35 verían con simpatía que Rajoy diera un paso al lado, pero por razones más profundas, algunos de los patronos del Ibex 35 también deberían dar paso a otro.
Los últimos españoles que todavía confiesan que les gusta el boxeo son Manuel Alcántara y José Luis Garci, y cuando había más afición, recuerdo que la peña era siempre muy del aspirante. Aquí, animamos siempre al aspirante. Un día, se levanta un banquero, o un empresario, y decide que el problema de España se llama Rajoy. Y comienza a deslizarlo entre periodistas influyentes, colegas de consejo y demás materia propagadora. Como toda corriente de opinión que aumenta, nadie se atreve a analizar sus razonamientos. Y se convierte en un dogma. No tengo prejuicios, pero me gustaría saber qué es lo que cambiaría. Y nadie me lo explica. Hasta la politología comienza a reducirse a la brevedad del twitter. Mientras, un socio importante de un consulting, me informa que hace quince años tenían en India 3.000 empleados y ahora sobrepasan los 160.000. Y no quiero hablar de China. A Europa le coloniza la pobreza por el sur, y la riqueza por Oriente. Y, aquí, en España, jugamos al fútbol en el patio del recreo, creyendo que es el campeonato mundial.  
 

EMPUJONES IMPACIENTES