LA PASIÓN POR LA CAZA

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Jesulín tiene el salón de su casa repleto de trofeos de caza y nunca perdió el favor de la gente; es más el ruedo quedaba cuajado de bragas en muchas de sus tardes de toreo. A Roca, el de Marbella, le colgaron el sambenito de hortera por colgar cuadros en el cuarto de baño, pero jamás se dijo nada de la cantidad de cabezas de venado que decoraban su mansión.

A don Manuel, en cambio, le recriminaron cientos de veces que estuviese de montería por Toledo, con Cascos, el día en el que el “Prestige” empezó a dar tumbos en la Costa da Morte. Como si Fraga tuviese una bola de cristal y pudiera consultar cada mañana si podía ir al monte a pegar unos tiros o debía quedarse en el despacho porque se iba a hundir un petrolero.

Pero, claro, ahí ya pesaba también la superioridad moral de la izquierda, que, por supuesto, fue indulgente con el siempre mártir Garzón y con el ministro de Justicia Fernández Bermejo después de que se retrataran con sus escopetas humeantes, rodeados de los animales abatidos en la finca de Jaén a la que habían acudido a demostrar sus habilidades cinegéticas. El ministro, además, no tenía la licencia en regla y el juez estaba en plena ofensiva contra los implicados en el Gurtel.

Esa doble vara de medir es la que ha llevado a la Casa del Rey a cogérsela con papel de fumar y a afirmar que Froilán hacía prácticas de tiro cuando se disparó en un pie –por cierto, no se sabe si en el que utilizó para patear a la sobrina de doña Letizia o en el otro–. En el comunicado oficial no hay ni rastro de los términos caza, cazar o cazador por si acaso cualquiera de ellos daba pie a que hubiese una nueva descarga de fusilería contra la familia real, pese a que en la finca de Soria ni siquiera se disparaba con pólvora de rey.

Si a un padre le van los tiros, como parece que es el caso de Marichalar, es lógico que quiera inculcar esa afición a su hijo. Como es igual de normal que al que le guste el rock duro, desee que su hijo salga heavy o al que le apasione la velocidad al volante ansíe tener un piloto entres sus descendientes. Siempre será preferible que un niño aprenda de su padre a salir al monte en busca del gran ciervo a que esté encerrado en un despacho y llegue a ser un experto en geografía gracias a conocer el emplazamiento de los paraísos fiscales.

Así que digan lo que digan los bien pensantes moralistas, no hay que dar importancia a que a Froilán le entusiasmen las monterías. Porque, además, si no fuese por la caza y por los cazadores, Bambi –el del cuento–, no se hubiese quedado huérfano de pequeño ni hubiese sido famoso; ni Caperucita Roja hubiese salido nunca de la barriga del lobo. Cazar elefantes, es otra historia.

LA PASIÓN POR LA CAZA