SIEMPRE LOS MISMOS

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Al final siempre son los mismos quienes nos salvan. Ningún tribuno de la plebe y aristócrata menos. Tampoco intelectual privilegiado –esos que firman manifiestos libertarios– desde la cocina de su estudio. Es el histórico pelotón de soldados que defienden la civilización. Por el contrario, desde el matorral de la vergüenza, salta el espejo ofrecido en el tren Amsterdam-París; gabachos revisores que corren a refugiarse en el vagón de equipajes sin dar un paso para enfrentarse a un terrorista que pudiera provocar una masacre. Seguramente estos ferroviarios descendían de aquellos que entregaron su patria en quince días a los alemanes o a los miembros de la resistencia heroica que tanto han popularizado películas, novelas, cuentos y obras de teatro.
En un segundo tres americanos y un britáAnico saltaron para desarmar al individuo y ponerlo a buen recaudo. Nadie tiene porqué poseer madera de héroe, pero conozco a muchos que han sido capaces de superar el pánico. Valga un tal Leónidas en las Termópidas contra los persas. Más cerca en el tiempo cierta María Pita luchando contra los ingleses o el alcalde de Móstoles declarando la guerra al mismísimo Napoleón. Sin olvidarnos del escudo que el pueblo judío de Israel encarna para Occidente protegiéndonos de la barbería. 
La plaga que sufre nuestro mundo actual es epiléptica. Crisis nerviosa y crónica con alteraciones súbitas imprevisibles. Abundan entelequias nostálgicas por paraísos perdidos y no hay valores morales y esfuerzos dispuestos a revertir la situación. Queremos vivir bien sin pegar golpe. Abundan los ismos que pretenden sustituir bienestar por pobreza. Así se configuran los separatismos que venden primogenituras por platos de lentejas o esos otros relámpagos iluminados que no saben administrar la piñata lograda por pactos de perdedores. ¿Encontraremos el antídoto para superar tan nefasta crisis?

SIEMPRE LOS MISMOS