MADELEINE

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Oímos “Madeleine” y todo se detiene. Interrumpimos la conversación, dejamos de trastear con los cacharros del fregadero. El caso nos fascina tanto como nos espanta. Una pesadilla que no acaba y un misterio para el que nos resistimos a aceptar que no haya solución. Por eso acogemos cada novedad como un acontecimiento. Cada pista reactiva la esperanza. Una imagen borrosa de una cámara de seguridad en una gasolinera, un testigo a miles de kilómetros de El Algarve que quiere creer que la niña a la que ha visto de la mano de un hombre es la hija de los McCaan. Cualquier cosa nos parece mejor que el silencio.

Mantenemos la ilusión durante unos días antes de volver a chocarnos con la realidad de un suceso casi imposible de cerrar con final feliz. Otra vuelta en la montaña rusa. De expectantes a decepcionados. Hasta el próximo avance de la investigación. Es entonces cuando abrazamos con más fuerza a nuestros hijos, agradecidos por que la desgracia no se haya instalado en nuestra familia y temerosos de que esa suerte pueda cambiar. Es también cuando sentimos compasión por los padres de Maddie. Que con cada revés pierden un poco más de vida. Que quizá ya no se puedan permitir esperanzarse porque la caída se hace insoportable.

Señalados y condenados por quienes juraban ver la maldad en los ojos de la madre o la frialdad en la actitud del padre. Solo el regreso de la pequeña puede librarles de toda sospecha. Una carga que se suma a tragedia de la pérdida. Un sufrimiento que nunca termina. Nunca se deja de buscar, de agarrarse a un resquicio de optimismo, de creer en el milagro. Puede que leer los titulares sobre cada giro del caso sea más una tortura que un motivo para la sonrisa. Puede que sea más humanitario mantener en secreto las actuaciones policiales. Pero el riesgo de que se olvide a la niña es grande. El desencanto de una pista falsa es el precio por mantener vivo el recuerdo en la mente de todos. Y hacer que estén alerta.

La historia de Madeleine McCaan sigue dando la vuelta al mundo. Nosotros seguiremos conteniendo la respiración cuando oigamos su nombre.

MADELEINE