Un verano político mejorable

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En las fotos sigue dando muy bien. Pero sus actuaciones políticas siguen dejando mucho que desear. Me refiero al nuevo secretario general del Partido Socialista, Pedro Sánchez. Su verano político ha sido en verdad manifiestamente mejorable. No hablo del meteorológico, que tampoco ha dado para mucho.
Primero quiso leerles la cartilla al presidente Rajoy y a la canciller Angela Merkel antes de que ambos iniciaran su peregrinaje y conversaciones por tierras de Compostela. Y en estas estaba cuando pudo comprobar cómo sus correligionarios franceses se reafirmaban en una política de ajustes y se encontraban, por tanto, ya de vuelta en el camino que él pretendía desbrozar.
Tampoco ha estado muy fino Pedro Sánchez en la reacción a las propuestas del Gobierno sobre regeneración democrática. Su veto no sólo a la reforma para la elección directa de alcaldes, sino a otras incluidas en la agenda gubernamental, metiendo a  todas en una misma cesta como si de cerezas se tratara, fue tan excesivo que no ha tenido más remedio que recular. Reforma electoral, sí, pero no ahora, ha terminado por plantear. Así ha evitado contradicciones internas, aunque para llegar a tal propuesta de última hora bien podría habérselo pensado antes dos veces.
En el ámbito del partido ha dado también más de un traspiés. Ha empezado por no cumplir sus propias promesas, aplazando las primarias hasta después de las autonómicas y municipales. Al tiempo, se ha rodeado de un equipo que deja –visto desde fuera– bastante que desear.
El nuevo secretario de Organización, César Luena, está llamado a dar grandes días de gloria. Y se asegura que a la portavoz de los eurodiputados socialistas españoles, Iratxe García, le viene más que ancho el puesto. Finalmente, del portavoz en el Congreso, Antonio Hernando, no se espera que mejore ni en imagen ni en contenidos a su predecesora, Soraya Rodríguez.
Con todo, la actuación más relevante del secretario general socialista ha sido su encuentro con el presidente catalán, Artur Mas. Hasta Barcelona se fue, en efecto, Pedro Sánchez hace unos días para ofrecerle más de lo mismo. Es decir, una reforma de la Constitución en clave federal con expreso reconocimiento de la singularidad de Cataluña. Nada nuevo y algo que el independentismo ya se ha llevado por delante en aquella comunidad.  
Muchas palabras bonitas. Mucho buenismo, mucha voluntad de entendimiento, mucho diálogo. Pero concreciones, pocas o ninguna. Y falta harían. Entre otras cosas, porque no estaría de más saber cómo se puede conjugar un sistema federal que tiende a la igualdad y cohesión entre las partes con la singularidad o privilegios de alguna de ellas. Es lo que el socialismo y el nacionalismo llaman  federalismo asimétrico. Esto es: toda una contradicción.

Un verano político mejorable