Un mal final
Een un país de cuento se celebró la boda del siglo entre un muy dotado joven del Norte y una bella virgen del Sur.
Antes de formalizar la unión el padrino pidió a meigas, pitonisas y augures y (lo que llamamos auditoras) que hicieran las cuentas de las familias que unían intereses y el capital. La madrina que revisó los papeles (¿o no?), dio el sí y se piró a la Corte para asesorar al gran jefe blanco de pelo negro.
Poco tiempo después vino el divorcio, los reproches y el cabreo general entre los que pusieron los regalos de boda. Entonces los que gobernaban aquello y bendijeron la boda montaron una comisión para esclarecer las cosas y pedir responsabilidades.
Por la comisión pasó un señor que ateniéndose, no a la quinta enmienda sino a esos monos que venden en todo a cien y significan “no vemos nada, no decimos ni mú y no queremos escuchar lo que no conviene”, explicó que pese a ser el padre de uno de los contrayentes (la bella virgen del Sur) no sabía nada, no le habían enseñado los papeles y además pasaba por allí.
Dijo ir a la boda con el mozo del Norte sin recabar información del patrimonio y, aunque confesó que le hubiera gustado otra boda, dejó entrever que las presiones del padrino le habían obligado.
Los padrinos, Marta y Alberto, no sabían de cuentas, pagaron a la pitonisa (auditora) que les dijo que todo era bueno, bonito y barato, y dieron el sí a la ceremonia, esperando sacar réditos de la ceremonia, pues ella soñaba, hay constancia escrita, en tener el cuarto o quinto palacio del mundo.
Hay otra versión del cuento que me envían los guionistas oficiales:
a) El comendador MAFO nunca bendijo el bodorrio galaico, pues no le venía bien a los suyos (ya saben: el pérfido ZP y sus siareiros). Y b) Los padrinos se impusieron como tarea salvar la continuidad de la estirpe y preservar el señorío en manos autóctonas.
Elijan ustedes.
Finalmente parece ser que el muchacho no estaba tan bien dotado ni la chica era virgen ni santa. Y como la boda fue de “tapadillo” se suspendió el banquete y los convidados (el pueblo sufriente) piden, preferentemente, ¿lo pillan?, que les devuelvan los regalos. Y colorín colorado… este timo ha terminado. Mal, claro.
