MANOLO Y DIONISIO
AManolo lo han mandado a la cárcel. Es de suponer que no le servirá de atenuante su impagable contribución a incorporar al acervo cultural de la chusma a la madre de todas las guías del peregrino, de cuya existencia vivíamos ignorantes hasta que se le dio por cambiarla de trastero.
A Manolo lo van a freír. Más allá de que el juez Vázquez Taín será fiel a su intachable trayectoria e impartirá justicia con la reglamentaria venda en los ojos, a Manolo le va a caer una que se le van a quitar las ganas de volver a pisar una catedral.
A Manolo ya lo estamos exprimiendo entre todos: que si metía la mano en el cepillo, que si se las juró al deán, que si a ver de dónde salen los dos millones de euros del ala, que si los seiscientos mil de la maleta, que si fumaba, que si padecía flato...
A Manolo no le vuelven a encargar una chapuza ni en broma. Ya se puede fundir el lucero del alba y ser el único electricista que sobreviva al apocalipsis, que este no pela un cable en lo que le quede de padecer en este valle de lágrimas que nos dio el Señor.
Pero, no me pregunten por qué, a mí se me ha venido a la mente otro Manolo. Dionisio. El Dioni. ¿Recuerdan? Podríamos jugar a las siete diferencias, pero no se me ocurren muchas más que uno se llevó la pasta en billetes y el otro –que también– le añadió al botín el sobado ejemplar.
Al Dioni lo hicimos internacional. Mientras se desquitaba en Ipanema a la sombra de unas caderas, el vate Sabina le componía una de las suyas, ensalzando sus gónadas masculinas.
Dionisio se había cabreado con su jefe, que lo había degradado de guardaespaldas de primera a conductor de furgón. Por cierto, parte del trinque nunca más apareció. Pero tras su reglamentaria temporada a la sombra, a Dionisio le seguimos jaleando el peluquín, y hubo quien corrió al cirujano plástico implorando un estrabismo urgente para fardar.
Por lo que se ve, a Manolo no le hacía gracia el deán. Normal. El santo varón no ha sido dotado con la virtud de la simpatía terrenal. Como quiera que Manolo está “enguantanamado”, no sabemos en realidad qué le movió a llevarse el tomo, con lo bien que le iba sisando del cepillo. Tal vez una novelesca trama urdida para que Marianoman aterrizase en skijama y capa en el Obradoiro rescatando el santo escrito de las garras del maligno cancerbero.
A mí, Manolo, chico, me da que te van a pasear de la oreja por la corte para que los infieles aprendan que las cosas de los curas no se tocan. Que te va a salir cara la guasa. Que ya te puedes despedir de la extra de Navidad y que la Reme no te va a volver a planchar una camisa. Que vas a pringar.
El bocata con lima ya te lo llevo yo.
