EL PACTO

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Hércules se metió bajo cada brazo un palé de botellas de Estrella Galicia y empezó a subir las decenas de escalones de Puerta de Aires camino del Cubo de María Pita. Arriba, ella aliñaba el pulpo que acaba de cortar con las tijeras que uno de sus marido, el sastre, usaba para cortar paño. Carallo, eso é un home.
Alfonso Molina, que alineaba en formación docenas de flanes para engullirlos a los postres, sonrió. Esa mujer le recordaba a las señoritas con las que alternaba por las noches. Al general Porlier, el marquesito, se le abrieron los ojos como platos. Ni siquiera él, que había consagrado su vida a la milicia, empleaba esas expresiones cuando cargaba al frente de los ejércitos liberales sobre los absolutistas. Teresa Herrera se hacía cruces y susurraba jaculatorias. A ella, una mujer pía, le espantaban los juramentos. Y menos mal que no había ido acompañado de una blasfemia. Millán Astray movía la cabeza a un lado y a otro. Su único ojo sano no tenía descanso. Observaba la manga vacía de su guerrera y sentía envidia de los brazos de Hércules. Se fijaba en la beata y no podía contenerse. Señora, no sea cursi. Tenía que oír a mis legionarios en plena batalla.     
Manuel Puga y Parga, Picadillo, se relamía. Acababa de probar el estofado que preparaba en una marmita con un diámetro aún superior al de su panza y estaba delicioso. Juanito Acuña hacía cabriolas gimnásticas y saltaba estirando un brazo como si intentase tocar un larguero imaginario con la punta de los dedos. Quería estar preparado por si estallaba la cocina y tenía que lanzarse a blocar la olla gigante para que no se derramase nada. Wenceslao Fernández Flórez se deleitaba contemplando una procesión de hormigas y afinaba el oído para tratar de escuchar lo se decían unas a otras. No era capaz de percibir el más mínimo sonido, pero en un pequeño cuaderno tomaba notas. Su imaginación le dictaba los supuestos comentarios de los insectos. Eran el argumento perfecto para su próximo libro. Un poco apartados, Salvador de Madariaga y Casares Quiroga conversaban sin alzar la voz y sin gesticular con las manos. El picnic les hacía poca ilusión; no necesitaban alimentar el cuerpo, con saciar el espíritu les era suficiente. Pucho Boedo llegó arrastrando los pies, tenía ojeras y estaba despeinado. Trasnochar le sentaba peor cada día, pero no estaba dispuesto a luchar contra las imposiciones de la naturaleza. El que nace para andar de parranda y dormir de pé tiene que resignarse a cumplir su sino.   
A comer, nenos, gritó María Pita, que había sacado unas astillas del astil de su pica y las había pinchado en los trozos de pulpo a modo de palillos. Teresa Herrera bendijo los alimentos, contestaron a coro amén y empezaron a comer. Masticaban con avidez, querían que el alimento les llegase pronto a la sangre para sentirse fuertes y afrontar su misión con seguridad. El reto no era tontería. Tenían que llegar a un pacto sobre cuál era el candidato adecuado e introducirse en el sueño de los coruñeses para comunicárselo y que todos lo votasen. Levantaron su cervezas, las entrechocaron y brindaron: ¡Por un alcalde exageradamente bueno!

EL PACTO