DESPERTAR DE UN SUEÑO
El paquete de drásticas medidas decididas por el Gobierno central para reducir el déficit público carece de precedentes. Es evidente que la situación de quiebra que presenta el país obliga a actuaciones inmediatas y decididas, lejos de la precariedad de criterios más sujetos en los últimos años al esbozo que a un trazo firme y claro. Esta capacidad de decisión no debería ser ajena, sin embargo, a lo que buena parte de la oposición parlamentaria reclama en el marco de un pacto de Estado al que obligan tan extremas circunstancias.
Y es que, más que indicarlo, o sugerirlo el momento político, lo obliga el más básico y elemental sentido común, que no deja de ser aquello que determina la racionalidad para cuestiones de perentoria necesidad. A costa incluso de que el determinismo que está asumiendo el Ejecutivo de Mariano Rajoy le pase (o no) el correspondiente coste político, lo cierto es que la deuda privada acumulada en este país a lo largo de décadas ha acabado por inducir la pública y que la sensación final, se quiera o no, al margen de cuestiones más heterodoxas como el partidismo, convierte al conjunto de la sociedad, o al menos a una inmensa mayoría, en prosaica paciente de tal estado de las cosas. La sensación que impera, contra todo lo que cabría esperar del Estado –cuestión muy diferente a lo que cabría esperar de cualquier gobierno que lo represente–, es la del simple y más dramático desamparo.
Las decisiones tomadas tienen el calado y alcance que se les supone, pero lo que cabría esperar de cualquier gobierno es un mínimo grado de tutela, si se quiere, de cobijo, de obligada protección, sobre todo para las clases que constituyen toda sociedad. El desamparo no lo es tanto por la sensación de soledad con la que las clases media y baja se sostienen, o tendrán que sostenerse a partir de ahora, como por la percepción de que, sabiendo que ya nada será lo que fue, lo que parece inevitable es que ni tan siquiera se atisba un mínimo concepto de retorno, de recuperar la esencia, al menos en una parte, de cuanto fue. Algo así debió de sucederle antes a los griegos, los portugueses o los irlandeses, lo que no fue otra cosa que saber que lo de europeos era más una cuestión de imagen que de contenido, de verdadera realidad en suma. El desamparo es incluso más elocuente cuando el perfil que lo determina no es el propio, sino el impuesto, o como en este caso el que determinan circunstancias no alimentadas por los principales perjudicados sino por la carencia absoluta –de ahí esa sensación de abandono– de toda previsión, de un mínimo interés y, sobre todo, de ocultación, de insistir en que somos lo que nunca fuimos. A eso se le llama despertar de un sueño.
