CALDO DE CULTIVO

|

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas ha permitido aportar una lectura más aproximada a la realidad económica de la Europa comunitaria de lo que cabría esperar, pero sobre todo lo ha hecho con la cuestión social como referente indispensable. El crecimiento de la ultraderecha francesa, ya advertido por los analistas desde el primer momento de la precampaña, vislumbra un panorama, en uno de los países con mayor tolerancia del mundo, más próximo al Régimen de Vichy o a los ultranacionalistas de la OAS que alimentaron el terrorismo contra la independencia argelina. La aproximación forzosa de Sarkozy a las tendencias populistas de las que tanto gusta ha dejado claro que el mantenimiento del poder puede hacerse aun a costa de la pérdida de elementos consustanciales a una nación que ha sido, superado el cisma de Petain, baluarte habitual de la democracia, incluso al margen del tradicional y consabido chauvinismo. Sin embargo, no se ha dudado ahora, bajo la inconsciencia de alimentar los extremismos, en buscar el sostenimiento de un modelo europeo que corre el riesgo de sustentarse en todo menos en lo que realmente representa ser europeo. Si a la incapacidad para hacer frente a la recesión se suma incluso la intención de hacer responsable de la misma a cuestiones como la de la inmigración, poca cultura de valores nos queda para generar la credibilidad a la que obligan los tiempos. Las presidenciales francesas van camino de convertirse, independientemente de los resultados, en trufada esencia de lo que puede ser o no el europeísmo en cuestión de años. La lectura puede tener tanto calado como para, curiosamente ahora, hacer pensar a los principales dirigentes comunitarios que la política de ajustes y de recortes no es el camino viable a la crisis económica, o al menos no el único, como se ha demostrado en los últimos días con las más que evidentes críticas a la política de la canciller alemana. La pregunta es si la misma lectura cabría hallarla de no haberse encontrado Europa con una Francia que ha formado binomio indisoluble con su vecino bajo el personalismo de un Sarkozy capaz de recurrir al voto útil de la extrema derecha con tal de mantener el poder, a pesar del rechazo al cambio de rumbo de su partido criticado por buena parte de las bases, cuando no de sus líderes. En un continente abrasado por las circunstancias, la distancia histórica con referencias que las últimas décadas han querido superar no parece ahora tanta cuando la fortaleza política pretende basarse en el debilitamiento social y la pérdida de valores inequívocamente unidos al sentido común y al más elemental de los raciocinios. Xenofobia, populismo, clasismo, y un largo etcétera... Son estos, al fin y al cabo, los campos que se siembran y la cosecha que se cultiva, que no es otra que la de la radicalización, caldo de la más infame de las necedades humanas: el odio. Es sin embargo otro el riego que necesitan los eriales para dejar de serlo.

 

CALDO DE CULTIVO