Saber morir

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n este fantasmal batallar no nos enfrentamos a la muerte, sino a la vida. Por esa razón hemos de pensar y actuar como ella y ser como ella: cautos, astutos, remisos, desconfiados, malos incluso, porque a la vida no le cabe, en la pujanza de su ser, ni bondad ni compasión, nada hay más brutal y despiadado que la vida abriéndose paso, exigiendo espacio, ocupándolo… Es la vida, aunque no lo parezca, quien no tiene piedad con la vida. La muerte, por el contrario, es cuidadosa con la vida, al extremo de velarla con ternura y brindarle compañía en el feroz tránsito de vivir a ser pasto de la vida.
Los virus son vida, nacen y se nutren de la vida para dar vida, y en ese afán nos entregan a la muerte con indolencia y ella nos acoge en esa dolencia y nos entrega de nuevo a la vida para esa tarea, sin goznes ni márgenes, que es la existencia, la forma, la permanencia. Vivir es por culpa de la vida un riesgo continuo y la muerte solo su serena constatación.
Afirmo esto porque oigo decir: “Este virus no nos deja vivir” o “nos mata” y es mentira. El virus nos fuerza a vivir porque su ímpetu es, como he dicho, la vida, y, no, como pensamos, la muerte. 
Y como es así, de nada vale entregarte a la costumbre social y existencial cuando te enfrentas a él, porque él se nutre y está presente en la raíz que nos mueve en ese ámbito. No se trata de dejar de vivir sino de saber morir en ese espacio para ganarlo en la vida en el vivir.

Saber morir