POSTMODERNIDAD

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Me reprochan que soy irreal cuando hablo de La Coruña. Aseguran que sobrepaso seis pueblos y nada me detiene. Acaso influencia de Carré Alvarellos y sus leyendas celtas o, mejor, de algún druida que vertió su pócima mágica en mi taza de ribeiro. También dicen que desconozco la hora que vivo. Me he quedado en “A las ruinas de... La Coruña” de Rodrigo Caro. Versos recitados al Obelisco: “estos cantones de soledad, mustio collado...”. La Historia –desde la tergiversación de ciertas autonomías y la memez histérica aprobada por los resentidos de ZP y sus secuaces– ya no existe. Tampoco hay verdades absolutas. Ni éticas ni estéticas. Han desaparecido los límites entre lo blanco y lo negro, la verdad y la mentira, lo hermoso y lo feo. El postmodernismo ha vaciado de contenido cualquier creación humana.
El movimiento contracultural de variadas especies urbanas ha derribado por los suelos –además de mobiliario público– valores aceptados por el sentido común de las conductas. Lo clásico eterno, el arte, la ciencia y la música han desaparecido en combate por cuanto la belleza necesita educación, usos y costumbres, ideales.
Desde tal situación me entusiasma La Coruña. Manto de Penélope haciéndose y deshaciéndose en metamorfosis continua. Sin hacer caso a tanto moralista perroflaútico que lucha por igualarnos en mezquindad y vagancia imaginativa. Los ignorantes solo ven objetos, proporciones; los inteligentes, abarcan todo el conjunto y lo guardan en loa alforja del espíritu para darle forma perdurable... El teatro pudiese dar claridad. Hay directores que admiten Rigolettos vestidos de punkis, Otelos de fascistas saludando brazo en alto y Ofelias con minifalda y lenguaje procaz. Yo represento La Coruña en una luz cegadora de hallazgo y desencuentro, goce y sufrimiento, confusa y transparente, distinguida y vulgar...

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