Despedida

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Siento tristeza al despedirme del presidente más renombrado que ha tenido el RC Deportivo de La Coruña. Todo se esfuma. “Allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir”. Incluidos quienes cabalgan en la ola de los triunfos sonados. Augusto César Lendoiro paseó por los campos del mundo mundial un equipo blanquiazul que fue envidia de propios y extraños. ¡Lástima que haya caído el telón anunciando la terminación del brillantísimo espectáculo! Vanidad de vanidades, todo vanidad. No por tópica la frase es menos cierta. Alcanzar las lunas de Bebeto, Mauro Silva y Fran supone estos riesgos. Oswald Spenler lo dejó escrito y bien definido. Nacemos, alcanzamos la pubertad y después sucede la inexorable caída, salvo la grandeza histórica balompédica que queda siempre incólume al paso del tiempo.
Parece estéril insistir en lo apolíneo, fáustico y mágico para explicar las vicisitudes del dirigente de un club deportivo. Pero ahí como destino fatal se inscribe una conducta de quien creyó no equivocarse: los muchos pleitos instados por el Deportivo, el antagonismo reiterado contra organismos federativos, su nula diplomacia para interrelacionarse con otras instituciones públicas y privadas fueron excesivo lastre. Dios es grande en el Sinaí –dijo un ilustre patricio republicano–, el rayo le precede, el trueno le acompaña; pero me conmueve más el que expira en un madero para salvarnos. Esa migaja de humildad que echamos de menos en el “presi” fue la que le hizo olvidar que los dioses ciegan a quienes quieren perder...  La soberbia le hizo creerse dueño de la empresa cuando su misión era gestionarla con honestidad y eficacia. Pero hoy, en la despedida, tengo mal sabor de boca y desasosiego al no poderle ofrecer una salida a hombros por la puerta grande... Tal sucede con la vida. Casi siempre se recoge lo sembrado...

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