¡Sonreíd benditos!

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Fue la sonrisa quien salvó a Mandela, ese liviano y melancólico rasgo de bondad que dividía su rostro rompiendo el gesto necesariamente crispado por el horror y la brutalidad vivida, convirtiéndolo en una suerte de hombre mariposa capaz de aletear sin romper, para así conciliar la dual realidad de un mundo que aún semeja irreal y en el que habían de convivir opresores y oprimidos.
El régimen sabía que tenía que dar una salida a aquella situación no por terrible sino porque le era imposible esconderla, y vio en la sonrisa de Mandela la puerta que buscaba. A través de ella accedió a una nueva estancia donde el aseo democrático desactivó todo el odio y el rencor acumulado, petrificándolo en la piedad de esa sonrisa que anunciaba la calma de una psiquis desbordada, la de un hombre sin excesivas esperanzas en el hombre. Un ser consciente de lo imposible de su naturaleza, porque solo desde ese grado de conciencia se puede llegar a conciliar la razón con la memoria y ser razonable frente a la tragedia vivida por capricho de la criminal ambición de otros hombres.
Sonrió Mandela como un bendito para que a su pueblo se le permitiera vivir aunque fuese solo en la esperanza de su sonrisa, y el sistema se lo concedió. Por esa misma puerta entró a su muerte Occidente, los padres del régimen, para santificarlo colgando su cabeza en el pabellón de trofeos del caserón de los Derechos del Hombre, bajo el epígrafe, “la Sonrisa de África”.

¡Sonreíd benditos!