PAROT Y LA PARODIA

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Alguién sintiéndose perjudicado por la decisión de un jefe le largó: “¿O es tonto o es un hijo de …?. Quiero pensar que es tonto”. Con menos contundencia, pero sí pesar, me gustaría interrogar a los sucesivos gobiernos democráticos, presidentes y ministros de Justicia a la cabeza, sobre qué quieren que pensemos que eran cuando afirmaban en los funerales que los terroristas se iban a pudrir en la cárcel. Sabiendo que tras esa afirmación y las pomposas condenas de tres mil años se escondía la aplicación de un Código Penal que les iba a permitir, en colaboración con la fanfarria de la reinserción automatizada o autómata, salir tras cumplir no más de una decena de ellos.
¿Tiene sentido hablar de reinsertar o reeducar a aquel que no solo justifica sus crímenes, sino que permanece fiel a los principios y fines que lo llevaron a cometerlos y en el seno de la organización criminal que lo alentó?
Por todo ello afirmo que la doctrina Parot es un acto de justicia. Tanto es así que el Tribunal de Estrasburgo debería mantenerla y a la par encausar por un delito de lesa humanidad a quienes consintieron tal perversión, porque es perverso y delictivo desatender tan elementales derechos en las víctimas para atender por indolencia o malicia y valiéndose de argucias legales los del victimario. Me temo “que se la van a coger con papel de fumar”, como nuestros infumables políticos que se lo fuman todo, es más, que parece que estuviesen “fumados”.

PAROT Y LA PARODIA