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Estaba siendo un verano muy seco. Verano de 2006. Sequía, altas temperaturas y vientos del nordeste habían propiciado casi dos mil incendios forestales solamente en los primeros quince días de agosto. Viajar por no pocas carreteras de A Coruña y Pontevedra resultaba desolador. Todo era un paisaje quemado y una sucesión de arbolado consumido por las llamas. Allí se concentraba el 85 por ciento de las cien mil hectáreas calcinadas.

Así las cosas, el domingo 20 de agosto de aquel año la plataforma Nunca Máis, la del Prestige, convocó a cuantos quisieron acudir a Compostela para participar en una manifestación contra “la barbarie de los incendios y la política forestal”. Cuatro víctimas mortales habían quedado también por el camino.

Según las crónicas de la jornada, detrás de la gran pancarta, “cadenas humanas” ponían límites a la marcha, mientras “la muchedumbre” coreaba consignas no contra la Xunta gobernante, sino –cómo no– contra el PP. “O monte é como é polos vinte anos do PP”. Fue la consigna más voceada.

Ahora, con ocasión del incendio en las fragas del Eume, a prácticamente los mismos no les ha hecho falta mirar muy para atrás. A la Xunta gobernante le han caído de inmediato culpas y responsabilidades como si de charamuscas del propio incendio se tratara. Desde el PSOE central, la señora Valenciano se apuntó en cuanto pudo a los “recortes de Feijóo” como causa del desgraciado suceso, mientras que sus colegas autóctonos encontraron la ocasión perfecta para incidir en que el presidente de la Xunta “ya tenía su Prestige”.

No han esperado siquiera a lo que ellos mismos tanto reclamaron en los incendios de 2006: “Primero apagar las llamas; el tiempo de hablar vendrá después”. A pocos meses de las elecciones autonómicas del año que viene parece, pues, claro que la izquierda intenta e intentará instrumentalizar la crisis en su propio beneficio buscando en el Eume un segundo Prestige. Se lo ha reprochado de alguna manera el alcalde –socialista– de As Pontes: “En situaciones como la presente –dijo– es un error que prime el egoísmo político”.

No se trata, ciertamente, de minimizar el siniestro ni su impacto en una zona de alto valor ecológico. Pero aunque algunos se hayan apuntado de nuevo al catastrofismo hablando de “dos días de destrucción” y asegurando a toda página que el fuego seguía “devorando las fragas”, parece evidente que éstas, por supuesto, no han desaparecido y que la afectación en lo más valioso de la reserva no ha sido sustancial. Lo cual no quiere decir que no haya que extremar las precauciones y diseñar una adecuada política forestal para la zona a fin de asegurar la pervivencia de lo que se conoce como el último bosque atlántico.

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