PREFERENTES

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Hasta ahora entendíamos esto de la preferencia como un elemento de distinción o en el sentido de gozar de un trato especial. El escándalo de las participaciones preferentes enfanga, todavía más, la escasa credibilidad que, día a día, para el gran, pero pequeño, consumidor aporta el sistema bancario de este país. Sea por las dificultades para el acceso a las operaciones crediticias, tanto de empresas como de autónomos o pequeños ahorradores, como para el consumidor en general.

No es el único ejemplo, pero lo de adquirir “preferencia” va camino de acercar a su definición nuevos conceptos; el más próximo, el de que tanto vale para distinguirse como para tener, en lenguaje coloquial, números de salida para lo que parece un simple ejercicio de villanía, que es el de aprovecharse de los débiles con el fin de esquilmarlos. Hay hechos que no admiten discusión, sobre todo tomando como punto de partida el de que, en el caso de referencia, buena parte del sistema financiero español solo se pueda sostener con las aportaciones del Estado, es decir, de todos, para amortiguar su déficit.

El colmo de la crisis que asuela este país no lo es tanto, a estas alturas, los cinco millones largos de parados, sino que aquella sirva de paráfrasis para tratar de convencernos de que el engaño forma parte de nuestras vidas y que a ello hemos de acostumbrarnos. Las situaciones límite están al fin y al cabo para lo que están, que no es otra cosa que para, ante el miedo, ante la desesperación o la simple ignorancia, creer que, siempre, nos dicen la verdad.

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