Confusión e incertidumbre

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o recuerdo una vuelta al cole de la política nacional tan cargada de nubarrones. Me puede la sensación de que los poderes públicos no están dando el peso de los vigentes desafíos. Incertidumbre y confusión reinan en el latido de una ciudadanía encogida por el miedo a un nuevo confinamiento y los consiguientes efectos sobre la salud, el bolsillo y la convivencia social.
Las conferencias de presidentes autonómicos no han logrado ahuyentar la creencia de que la descentralización de competencias haya servido para ganarle la batalla a la Covid 19. Por desgracia, la realidad ha desmentido dramáticamente al Defensor del Pueblo cuando depositó sus esperanzas en un pacto “seguro y homogéneo” entre el Gobierno y las Comunidades Autónomas en materia de Sanidad y Educación, una vez derogada la lógica del llamado “mando único”.
Es muy difícil abrirse paso en medio de tantos análisis marcados por las preferencias políticas de quienes los formulan. A este respecto, es muy ilustrativa la tensión política entre la Comunidad de Madrid y el Gobierno central, entregados la una y el otro a un absurdo intercambio de pedradas sobre el respectivo modo de gestionar la crisis suscitada por la pandemia.
Las dos partes alimentan esa tensión y ninguna de las dos está libre de culpa. La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, fuerza su propio fuero hasta convertirlo artificialmente en el primer contrapeso del Gobierno Sánchez. Y el Gobierno Sánchez, secundado por sus terminales mediáticas, se recrea sin necesidad en el señalamiento de esta Comunidad como la más castigada por el coronavirus en bases a cifras verificables en número de contagios y hospitalizaciones.
Ninguna de las dos partes asume de verdad que la retórica no frena los contagios ni crea puestos de trabajo. Y esto es de general aplicación al minuto y resultado de la política nacional en tiempos de coronavirus. Véase el infantil dilema del presidente del Gobierno cuando nos invita a optar entre “unidad” y “división”. Como si hubiera alguna fuerza política dispuesta a pregonar su apuesta a favor de la división y el enfrentamiento.
Los llamamientos a la unidad no se caen de la boca de Sánchez. Convencido de que serán escuchados se ha permitido garantizar la estabilidad política ante las fuerzas empresariales y sindicales. Pero la realidad no le acompaña, empezando por las reñidas posiciones en el seno del propio Gobierno (PSOE-Podemos) respecto a la eventual incorporación de otras fuerzas políticas a la causa de los “presupuestos de la reconstrucción” (PGE 21). Y siguiendo por los negros augurios de Gabriel Rufián (ERC) sobre una inexorable caída del Gobierno si se empeña en pactar las cuentas públicas con fuerzas “incompatibles con la izquierda”.  

Confusión e incertidumbre