Naturaleza coruñesa
A veces, con todos los respectos por delante, parodio a figuras señeras como el poeta Terencio y recuerdo su famosa frase: “Yo soy coruñés y por eso nada que atañe a La Coruña me es ajeno”, llámense regidores y concejales de pasadas y actuales generaciones, hechos constatados públicamente o decisiones con respecto a estructuras, planes de ordenación urbana, promociones culturales y divulgaciones turísticas. Recordemos el tranvía a ninguna parte que estropeóel paseo marítimo y costó un pastón; las licencias de obras concecidas caprichosamente –episodios de la Torre Benita, casa singulares derribadas, edificio conde de Fenosa, etc. etc.– o el despilfarro del ascensor y restaurante de Monte San Pedro y la amenaza de construir otro elevador en El Parrote.
O estamos iluminados o somos orates esquizofrénicos disponiendo a nuestro antojo la finca y dinero de papá. Pero los males han sido característicos de nuestras corporaciones municipales cualquiera sea el tiempo elegido: antiguo régimen, monarquía, república, dictadura franquista y democracia vigente con diversas representaciones: bloque, UCD, hégira socialista y ahora los mandamases de la gaviota volando sobre el cielo gris… Las oscilaciones has sido constantes. Sede de región militar, industria incipiente, locomotora financiera de Galicia, ciudad de servicios. Vaivenes que dan cada minuto una nueva oportunidad de cambio favorable. La ciudad tiene naturaleza anfibológica. No se termina. Construye y destruye simultáneamente. Con meiga que teje y desteje sin parar nunca. Grandes obras. Grandes éxitos. También ruidosos fracasos. Así escribimos nuestra vida. Buscando el progreso más allá de Los Cantones en la tierra prometida de Punta Langosteira.
