Reforma laboral: gigantesco fracaso

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Ya es un hecho: la reforma laboral del que aún es Gobierno de España ha significado un fracaso. Después de un año en vigor la norma no crea empleo ni reduce el paro. En cambio, aumenta los despidos y baja los salarios. La señora Fátima Báñez y algún que otro ministro más podrían dedicarse brillantemente a amaestrar caracoles, pongo por caso.

Números cantan: el paro aumenta un 13% en el último año y los despidos baratos un 49%. Las medidas más usadas han sido: rebaja salarial y cambios de jornada y turnos. Es más: la ciudadanía rechaza la reforma. La mayoría de los votantes cree que la norma es injusta. Un 91% de los encuestados quiere un pacto nacional contra el paro. Desde que empezó la crisis los asalariados han perdido 55.000 millones de participación en la renta nacional. Esa renta se ha trasvasado a los empresarios, que le han utilizado para enjugar sus deudas. El factor trabajo se ha usado como un banco indirecto ante la falta de financiación. Se han dedicado muchos esfuerzos a la reforma laboral y pocos a la creación de empresas y tejido productivo. Y los efectos de la ley han sido pocos o nulos porque la flexibilidad no han sido acompañadas de de mejora de la competitividad.

El Gobierno debería impulsar un plan de choque para que los desempleados sin cualificación no se enquisten en el paro estructural. Atacar solo el paro juvenil no es la solución. Hace falta rebajar las cotizaciones sociales para animar la contratación de este colectivo. Poner el acento en las políticas activas de empleo en lugar de las pasivas para que se cumpla la estimación de que a finales de este año se empiece a crear empleo porque, con el descenso de la población activa, solo hace falta un alza del PIB del 0,8%.

Lo que pasa es que, con el actual equipo ministerial y con la óptica con que ve a España el mundo civilizado, las esperanzas de futuro son grises, tirando a negras.

Reforma laboral: gigantesco fracaso