Tras la noticia

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La perplejidad me domina. Tampoco tengo tantas luces para saber lo que está sucediendo. Que los medios de comunicación dediquen sus mejores espacios a segundones antisistema y posterguen a quienes los han superado por millones de votos. Es el valor de la noticia. El perro que mordía a un hombre, arrinconado en una plana interior, y el hombre que mordía a un perro orlado en primera página. Información y opinión. La primera debe transmitirse sin sectarismos; la segunda, elaborada con objetividad y equilibrio. Lo malo es que somos ciudadanos poco propicios a distinciones delicadas. Y cuando alcanzamos cotas de poder nos creemos dueños de la finca: léase, por ejemplo, el cartel de nuestro carnaval encargado a dedo a un correlegionario que insulta las creencias de miles de convecinos con cuyos impuestos vive el Ayuntamiento. La eterna pelea goyesca a garrotazos. El odio permanente sembrado para que nunca lleguemos a entendernos. El último show de Pablo Iglesias inundando el hemiciclo del Congreso con olor tabernario. Autoritario, narcisista, soberbio, retador y grosero... Pese a ello, áspides de los separatismos políticos catalán y vasco, creo, con Constantino Cavafis, que puedo emprender mi viaje a Ítaca. Enriquecido por cuanto gane en el camino. “Aunque la halle pobre no me ha engañado./ Así, sabio como me he vuelto por tanto conocimiento,/ entenderé ya lo que significa mi patria española”.
Hay que convencer y no vencer. Guardar silencio para que el antagonista chille y no se le oiga. No hay dialéctica de puños y pistolas. Tampoco lavados de cerebro. Ni descalificaciones. Hay que respetar si queremos que nos respeten los ciudadanos (Ana Pastor, dixit). Soy un gallego en mitad de la escalera. Huellas, contrahuellas, ascenso y pendiente. De poco sirve saberlo si se está en plena caída. Soy dibujante perezoso y pintor con complejo de culpa. A través de una taza de ribeiro enumero los clásicos y hablo de filosofía.

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