ROSTROS DE MUJER: FELIPE CRIADO

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Fisgonear, sorprender la vida en su fluir, captarla así: deslizándose en luces viajeras y ondas móviles, fue el permanente compromiso de Felipe Criado. Cuando hace tan poco que nos dejó, cuando aún conservamos en la retina la muestra que le dedicó el museo de Belas Artes, nos sorprende de nuevo esta muestra inédita de 31 Rostros de mujer, que realizó en el año 2004 y que se expone en la galería Xerión; rostros que nacieron –según confiesa– al albur de su callejear inquieto, a la hora de la luz maga del crepúsculo, por la ciudad anónima y universal, es decir, allí donde el acontecer diario va creando “ una orquestación entrañablemente humana”.
Y en ese acontecer, Felipe Criado considera que el papel de la mujer es definitivo: “La mujer eterna y reverberante. La mujer que no sólo alumbra, sino también ilumina… La mujer: el indispensable mortero de todo lo humano”. De ese mortero, matriz o matraz salieron estos rostros y tomaron, con la ayuda de su extraordinaria compañera Mercedes Boado, gran latinista, nombres romanos: Ego sum Calpurnia, Ego sum Porcia, Ego sum Octavia, Ego sum Lesbia… El  “ego sum” (yo soy) trae al presente la historia pasada, que es, al fin y al cabo, el suelo en que nos fundamentamos y sobre todo la patria lingüística en la que aun vivimos.
Y lo que menos importa es que estos rostros sean un retrato, sino signos, trazos en el aire del devenir, aguadas que configuran el cambiante ir y venir de la existencia: el eterno milagro; ya tomen las tonalidades azules del mar o del cielo, ya las verdes y amarillas de la naturaleza o las rojizas de ciertos frutos o las anaranjadas y siena tostada de la tierra, estas dulces mujeres hablan de admiración, de esplendor, de belleza y sobre todo de asombro; un asombro que se asoma a los enormes ojos negros que miran de frente o que a veces se retrotrae hacia las intimidades del alma como en Ego sum Silvia.
Felipe las nombra “herederas de todo lo que habita” y con ello hace un noble y maravilloso homenaje al eterno femenino, un canto fervoroso al lado yin del universo, tan necesitado hoy, entre tanta incomprensión, violación, proxenetismo, machismo y ultraje, de ser restaurado en su sacralidad, de ser honrado en su misión engendradora. Recordemos que Italia, heredera de Roma, alcanzó su más alta cota artística y espiritual cuando los poetas del Dulce estilo nuevo (a su vez, continuadores del amor cortés provenzal y del que nacieron, nada menos, que Dante y Petrarca), proclamaron su adeptado del “corazón gentil”. De esa gentileza del corazón sabía mucho Felipe Criado y de ella hablan estas mujeres, para las que él pide “quererlas un poco, pues mucho las quise yo cuando las hice.”

ROSTROS DE MUJER: FELIPE CRIADO