FINALES FELICES

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La imagen hace un fundido a negro, los créditos corren por la pantalla al ritmo que marca el último tema de la banda sonona, las luces de la sala se encienden y salimos con la sonrisa agradecida por el final feliz. Pero la historia nunca acaba ahí. El día después es tan temible que solo invocarlo paraliza. No podemos congelar la vida. Apenas estamos disfrutando del relato de nuestro éxito cuando las circunstancias nos obligan a volver a la pelea. Que parece no tener fin.

El lunes la película iba de héroes, unos con uniforme y otros en vaqueros y jersey, de villanos sin rostro que tienen quien se ensucie las manos por ellos, y de una víctima de ochenta y cinco años que respiraba tranquila por una noche. El desalojo que no fue tal movió y conmovió a la ciudad. La condena anunciada, la muralla humana que protege el hogar de Aurelia, el brazo de la ley –la justicia tiene que ser otra cosa– descargando como un mazo, los bomberos que se niegan a participar en la ejecución, el caos violento. Y, al fin, la breve calma. Apenas una prórroga. Era una batalla ganada, la guerra estaba lejos de acabar.

Ayer se volvía a la calle, al portal de la mujer que relata con la voz cansada y los ojos tristes que hace más de diez años que teme la llegada del día en que los que quieren echarla de la que ha considerado su casa durante más de treinta años logren su objetivo. Un retraso en una mesualidad en 1999. Otro en 2011. La sentencia firme, contra la que no cabe recurso, dice que debe abandonar la vivienda. El edificio en el centro de A Coruña y la renta, de 126 euros, completan el cuadro. Que cada cual saque sus conclusiones. Para muchos, la única lectura es que normas equivocadas interpretadas por tribunales maniatados o impasibles protegen los intereses de quienes parecen haber perdido cualquier rastro de humanidad. El dinero que acalla conciencias no entiende de ancianas sentenciadas. O de familias desesperadas.

La solución de los que solo aparecen cuando hay micrófonos y focos que iluminen su lado bueno es ofrecer como un regalo otro alquiler a las afueras. Un lugar digno, insisten. Pero que suena a exilio. Una maniobra para cubrirse las espaldas –hicimos cuanto pudimos– y satisfacer a los propietarios, con vía libre, si quisieran, para arrendar el piso por el triple de lo que paga Aurelia.

Puede que pronto no haya suficientes vecinos que impidan el paso a la Policía. O que una carga justificada en el desorden público, el atentado contra la autoridad o cualquier otro argumento cobarde abra un camino en forma de herida sangrante. Y que, ojalá que no sea así, una vez más los finales felices se queden solo en los fotogramas.

FINALES FELICES