EL “CUENTAPOBRES”

Son estas, fechas de cuentos y recuentos. Se narran por ello dulzarronas leyendas de bondadosos seres que abrumados por el severo espíritu navideño, sosiegan su sonara maldad hasta el insonoro umbral de lo piadoso. Meloso ser, sí, pero rencoroso e implacable con los corazones egoístas. Y aún más, celoso de la barroca y bobalicona felicidad navideña. Roja pasión menor que todo cubre de ganas de consumir.
Y en ese contar, repiten los políticos de una y otra grey sus indolentes fábulas de todos los días, y acometen sin inmutarse el recuento de los pobres de solemnidad y los solemnes pobres de oficio, no para concienciar sino para  llenar de hipócrita ira los corazones de sus votantes. Ponga un pobre en su voto, o mejor dos, sobran. Lo cierto es que lejos de hacerle la faena al gobierno de turno los pobres siempre están de más. Y qué decir en estas horas donde se fabrican a demanda en las cadenas de producción propagandística. Pobres, eso sí, de quita y pon, virtuales, mera ficción estadística que visten bien cualquier mesa.
Para la ocasión la oposición los multiplica con descaro y al gobierno los resta sin recato, siguiendo la mágica receta de sus respectivos aparatos de contar. El “cuentapobres”, qué extraño instrumento,  no lo atino a describir. ¿Cómo es? ¿Una especie de mano que los va contando por las calles? ¿O una calle sin mano que los va tragando para ese fin? En fin, un contar sin afán  de narrar, solo de indignar.

EL “CUENTAPOBRES”

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