La casa de tócame Roque

|

Se trataba de la crónica de una muerte anunciada. La sesión constitutiva del Parlamento, cámaras alta y baja, senadores y diputados, dio continuidad a la escenificación teatral catalana. Aquí todo el mundo tiene su rol y lo cumple milimétricamente. En bicicleta, en coche, en metro. También como inoperante despiste para facilitar más el caos. Incluso se utilizó un bebé y su carricoche como arma arrojadiza. 
Hemos convertido nuestras Cortes en un patio de vecindad deslenguado y mal avenido. Mucha democracia y muy poca educación. Una troupe multitudinaria de payasos, saltimbanquis y domadores antisistema que aspiran a dinamitar desde dentro las instituciones. Hasta hemos trastocado escaño por guardería a mayor gloria de una diputada podrida de dinero que “pasea su pobreza” ante nuestros ojos perplejos. Así mismo convertimos nuestra sede soberana en casa de La Troya. O de trueno, de inclusa, de habitación. La lista no se agota con el edificio de la Carrera de San Jerónimo guardado por leones. Sede, domicilio, casucha, cabaña, bochinche, palafito, cortijo, alquería, cobertizo, establo, aposento de ardor guerrero y amor a la patria. Hasta acá hemos llegado por la rentabilidad de las votos y los representantes elegidos.
Late ansia de suicidio colectivo. Una locura que recorre España de Norte a Sur y de Oeste a Este. Nos hundimos en el secreto más profundo de la vida. Nos acercamos a él y nos mata. No quiero ser pesimista, pero estoy asustado. Desearía encontrar el bisturí capaz de superar el suicida de vocación o al que actúa por simple impulso. Yo sé que casa con dos puertas es mala de guardar y aquí nos esclavizan 17... Pero también sé que, aplicados los antibióticos preceptivos, la salud se recupera si tenemos la fortuna de encontrar un abanderado que aloje el Estado en su cabeza y haga de la necesidad virtud para superar la noche triste extraviada en egoísmos sanchopancistas.

La casa de tócame Roque