LA ALEGRÍA CRISTIANA

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Los católicos vivimos la Semana Santa como suceso singular, pues rememora los sufrimientos padecidos por Cristo. Se cree o no se cree. No hay cambio de hoja. La fe pertenece a causalidad que da en un efecto personal e intransferible. Lo aseguraba el cura de Ars sencillamente: “No es el pecador el que se vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”. Resulta difícil indagar estos problemas teológicos y explicarlos, tanto como el odio perseverante hacia los cristianos. A lo largo de la historia –unas veces más y otras menos– ha sido constate su acoso y derribo. Seguramente porque muchos fieles no han estado –Inquisición, guerras religiosas, opresiones dictatoriales– a la altura que cabía exigírseles. Hogaño por los delitos de escándalo –especialmente la pederastia y la adoración del becerro de oro– que han socavado como cáncer terminal sus cimientos institucionales.
Sin embargo, nada le ha hecho naufragar y se mantiene desde hace dos mil años. Y es que la Comunión de los Santos –bienes espirituales comunes– aguanta los tsunamis. ¿Qué sería de nuestra sociedad sin Cáritas, los colegios religiosos, las universidades, los hospitales, los misioneros? Así se aguantan las fisuras y ataques aun cuando alguno escriba sobre la pared de un convento, “aquí se pide para Cristo y no se le da ni a Dios”.
Detrás se mantiene el espíritu del hijo del carpintero que buscaba un lugar para reposar su cabeza. Un amor que no sólo trasciende de uno para con el prójimo, sino con respecto al enemigo; conforme mueve a querer el famoso soneto. “Por la fe –dice Joseph Ratzinger al aludir a la Ascensión–sabemos que Jesús, al bendecir, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Esta es la razón permanente de la alegría cristiana”.

LA ALEGRÍA CRISTIANA