El rapero y la musa

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Hay quienes pretenden enterrar el pasado mefítico, y quienes exhumarlo y revivirlo con todas sus podres. Entre los primeros destaca estos días Casado, que supone, en su simplicidad, que huyendo del castillo embrujado se quita de encima sus fantasmas, y entre los segundos, dos criaturas estrafalarias e inquietantes que atienden a los nombres de Pablo Rivadulla Duró e Isabel Medina Peralta. Cabría pensar que el pasado es intocable, mas, para los unos y para los otros, sigue ahí, de cuerpo presente.


Casado ya venía desde hace tiempo dándole vueltas a la idea de desprenderse de la sede de Génova, mayormente desde que los ingresos de su partido menguaron mucho a causa de sus desplomes electorales y de poder, pero no ha tomado la decisión hasta hallar una percha que se le antoja perfecta, la de la necesidad de desvincularse del pasado del PP para, soltando ese lastre, ver si remonta el vuelo, tan gallináceo últimamente. No será uno quien le quite esa idea de la cabeza, siquiera por no hacerle la faena de dejarle sin ninguna, pero que sepa que de los fantasmas del pasado no se desprende uno ni a tiros. Lo de los tiros se compagina mejor, empero, con esas otras dos criaturas, citadas al principio, que se agarran al pasado como si les debiera dinero. Pablo Rivadulla Duró, más conocido como Pablo Hasél, e Isabel Medina Peralta, más conocida desde hace unos días como La Musa del Fascismo, no es que peguen tiros, que no los pegan, sino que parecen añorarlos. Hasél, que es rapero, ha sido inicuamente encarcelado por decir burradas de aire violento y un sí es no es estalinista en sus letanías, y a la Musa del Fascismo se habla de entrullarla también por las burradas inequívocamente nazis que soltó la nena en la performance que sus correligionarios montaron en homenaje de la División Azul.


Ni el uno ni la otra merecen la prisión, pero no tanto por el exquisito e innegociable respeto que en una sociedad democrática se debe a la libertad de expresión, como porque encarcelándolos se les suministra la munición que anhelan. Mesiánicos e iluminados se quedan en nada sin pasar una temporada entre rejas, como Hitler, como Stalin, pues en la trena es donde adquieren el romántico marchamo del perseguido por sus ideas, esa cosa de la que, por cierto, Pablo e Isabel parecen carecer enteramente.

El caso es que unos necesitan enterrar el pasado, incinerarlo incluso, y otros, qué miedo, resucitarlo y sacarlo a pasear vestido con todos los harapos del horror. 

El rapero y la musa