Toya García Senra

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La artista viguesa Toya García Senra se atreve a “Soñar despierta”, como atestigua el epígrafe de su muestra actual en Moret Art y lo hace para disfrute de los amantes de la buena pintura o de la pintura-pintura, que está empezando a ser rara avis, al menos en los circuitos “oficiales”. Aceptamos encantados el oxímoron (figura literaria que consiste en unir dos términos contradictorios) y nos sumergimos en sus contrapuntos espaciales donde lo que sucede es la magia de las formas y del color, acompañados por la gracia del grafismo y del rayado espontáneo, que trae lejanas evocaciones infantiles.
De pronto, el encerado de la escuela primaria o la vieja pizarra cobran presencia y viaja por ellas una insólita cebra, entre números y signos; todo el silencio sonoro del gris plomizo (otro oxímoron) ha venido a concentrarse ahí para proteger la delicada rosa que parece haberse equivocado de geografía, lo mismo que la cebra que quizá añora la sabana; otras más ubicadas vuelan por las doradas estepas hacia el árbol de la vida. También parece anhelar ese árbol del vergel primigenio el hombre encerrado en el cubículo rectangular que el hábitat impone. Corren caballos a la búsqueda de su libertad y los niños trenzan la ceremonia de sus juegos de arena, mientras un perrillo callejero se aleja por la esquina inferior del cuadro hacia no se sabe dónde.
Lo que sí se sabe o denota es que en el pincel de esta artista vibra una dulce y entrañable poesía, a veces tan aérea que hace flotar los cartabones, aventar las hojas y aligerar los cuerpos para que puedan correr hacia donde “ la realidad se abre” –como dicen los hermosos versos de Wilsawa  Szymborska, que ella cita–. En los linderos de esa realidad, el carmín puede derramarse para encender la tarde de feéricas incitaciones, o para mimetizarse con el amor de padre que pasea a sus hijos o con el cálido gozo de la madre que camina; pueden flotar los ultramares azules y las marinas cobalto sobre la puerta del parking; puede el saltamontes encontrase con la cebra, el árbol y el ave, más allá de sus praderas originarias; y puede el pocillo de café servir de cubo que se ahonda en los remolinos del pozo oscuro donde trabaja el inconsciente.
Todo esto y más predica la obra de Toya García, que abre la puerta de cristal de su estudio hacia la ventana por la que entran a raudales, además de la realidad vivida, los ensueños y recuerdos no reglados. Y en eso –con el añadido del buen oficio aprendido en San Fernando– consiste ser artista.

Toya García Senra