OBRAS

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Con tanta obra programada y ejecutándose La Coruña atraviesa estado de ánimo similar al shock que sufre nuestro Depor del alma. No es para menos. Por fas o por nefas el tráfico resulta caótico y alienante. No es que se construyan mil cosas al mismo tiempo sino que da la impresión que no están planificados los calendarios de obra.
Si nuestra ciudad aparece condicionada geográficamente semeja una locura moverse por la zona centro sin olvidar otras aledañas. Si encima damos entrada a los perros, a las dichosas bicicletas, monopatines y otros artilugios por las aceras la peligrosa aventura de salir de casa se hace territorio comanche real con ruido de cristales rotos.
Quizás sea una filosofía actual lavar la cara al entorno urbano. Los políticos quieren demostrar que están ahí y que su presencia es necesaria. Vamos una Penélope tejiendo a destajo para no dejar ladrillo sobre ladrillo.
Así lo que hacen unos lo deshacen quienes les suceden con otros puntos de vista.
¿Recuerdan al bueno de Paco Vázquez, la balaustrada del Paseo Marítimo registrada, su tranvía llamado deseo con viaje a ninguna parte? Ello sin pensar en burros trabajadores-versus ZP –que pretendiera combatir la crisis económica cambiando todas las aceras de España aunque fuesen recientes–.
El castigo de trabajo inútil planteado por los griegos que un profeta de nuestro tiempo, Albert Camus, expuso con sencillez dramática en el mito de Sísifo, donde la piedra que alcanzaba la cima volvía a rodar al llano. Colosales empresas públicas para rivalizar con los titanes y superar el deterioro histórico: Pirámides de Egipto, Muralla China, vías romanas, El Escorial, la ciudad de la Cultura Gallega, por citar cuatro nombres como ejemplos.
Cesarismo donde alguno –Milenium herculino– intentó perpetuarse, olvidando que no es el deseo sino la obra producida quien la determina como sublime.

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