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Soy de los que se plantan delante de la tele en cuanto suena la fanfarria y el himno olímpico. No importa lo minoritario o bizarro que sea el deporte. Lo devoro absolutamente todo hasta acabar con los ojos enrojecidos. El “bicho” en el cuerpo me lo metió un libro sobre la Historia de las Olimpiadas que me regalaron siendo niño. Fue entonces, leyendo las gestas de atletas como Jesse Owens, Emil Zatopek, o Bob Beamon, cuando me di cuenta de que no hay nada más grandioso que unos Juegos Olímpicos.

Compañerismo, fair play, espíritu de lucha, afán de superación y unión entre los pueblos. Victorias enormes y conmovedoras derrotas que hacen más grande a quienes las encajan. Fotos que trascienden generaciones y un montón de momentos épicos para el recuerdo. Y ahora recibo Londres 2012 con más ganas que nunca. Necesito cambiar el chip y refrescarme con otras plusmarcas distintas a las que bate día tras día la prima de riesgo.

Con ello no busco meter la cabeza debajo de la tierra ni negar la realidad. Trato de tomar un poco de aire. Ya sabemos que por muchos éxitos y gestas que protagonicen nuestros deportistas, la crisis va a seguir golpeándonos. Pero precisamente, como la batalla se presume difícil, entiendo que es bueno que aparquemos las malas noticias por un tiempo y cojamos fuerzas. Por eso, al igual que en la Grecia antigua se paraban las guerras para permitir la celebración de los juegos, les propongo que se concedan una tregua, se empapen del espíritu olímpico y disfruten del mayor espectáculo deportivo del planeta. No se arrepentirán.