Las otras vidas maravillosas

Mientras medio país se desangra y otro tercio lucha por sobrevivir, queda toda una clase –la misma de siempre, por lo que se ve– ajena a la realidad o, mejor dicho, ausente de todo escrúpulo que se le debía suponer a quien tiene, o tuvo –como es el caso– la obligación de defender intereses comunes. La detención del que fuera patrono de patrones, Gerardo Díaz Ferrán, así como de Ángel de Cabo, el abogado valenciano al que había transferido la mayor parte de sus propiedades para evitar el embargo con destino al pago de las deudas contraídas por la quiebra de las empresas del primero, es cuando menos la constatación de que nadie es incólume, que tanta falta le hace a este país, ahora que se sabe que España está al mismo nivel de corrupción que la más denostada república bananera. Con un 27 por cierto de la población española en riesgo de pobreza o exclusión social, le queda al menos a esta cuarta parte la satisfacción de constatar, como ya sabía, que su situación tiene mucho que ver con los desaprensivos que se permiten opinar, dirigir o apostolar sobre los males de la sociedad del país y, lo que es peor, sobre cuáles serían los remedios oportunos para ponerles solución.

Tan habituados estamos a achacar a la clase política –sin exclusión, porque de todo hay en esta viña– las principales responsabilidades de la debacle, que casi pasan desapercibidas esas eclosiones oportunistas y arribistas que tanto rastrojo dejan a su paso y que basan todos sus males en la falta de apoyos precisamente políticos a sus maquinaciones económicas. No faltan, ni faltarán nunca, aduladores que incluso conociendo la nefasta gestión de los protagonistas, los alaban confiando en esa ecuación tan pueril que es la de suponer que el hecho de ostentar una responsabilidad, que recoger la confianza de toda una clase, presupone la infalibilidad, pero que no oculta otra cosa que la soberbia, la ostentación y esa permanente obsesión por el acceso al poder, antesala o consecuencia del dinero fácil, rápido e ingente. ¿Qué valor tienen declaraciones tan conocidas y rifadas estos días como aquella de que lo que hace falta en este país es trabajar más y cobrar menos? Simplemente el de la simpleza, especialmente visto el ejemplo dado, pero sobre todo el de la ausencia de todo concepto de la decencia. Porque indecente es sostener, o apoyar, conductas tan alevosas como las demostradas, carentes de todo signo de arrepentimiento o de la mínima congruencia con lo que se predica. El objetivo, cumplido ya en buena parte, a base de sangrar a esa cuarta parte de la población en este país, no parece ser otro que el de incrementarlo. Pese a la acción de la Justicia, la sensación sigue siendo la del desamparo.

Las otras vidas maravillosas

Te puede interesar