Ciclogénesis

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Antes le denominábamos huracanes, pero ahora es más erudito así para encontrar la idiosincrasia de esa ciudad que llamamos La Coruña. Más o menos la cola de un pavo real sobre la que los dioses olímpicos arrojaron los ojos de un penado. Paisajes infinitos, variedades múltiples, perspectivas chispeantes. Alegres. Sal de la tierra. Enriquecedores. Un tablero de damas a la mayor gloria de sus convecinos. Desierto, páramo, estepa. Solana veraniega derretida sobre la piel para broncearla. Extendemos a España contrastes tan primorosos. Lluvia horizontal acostada por aire frío. Efímeras esculturas de olas que rebasan los siete metros en mar arbolada. Silencioso orballo –aquí nadie es bobo para que lo cale– perfilando obras de arte.
Conviene sopesar el lado positivo de las inclemencias de tiempo. No solo por devolvernos el traje habitual sino porque nos regala las reservas de H2O que urgentemente necesitamos. Las lágrimas por la pérdida del solo no nos deben impedir ver las estrellas. Cuando aparecen nuestras borrascas escribimos la canción de gesta del pueblo gallego, rumoroso de ríos y propagado en el repiqueteo de campanas que recorren valles, montañas y rías voluptuosas que anuncian mil noches de amor. Quizás el periodista francés Deón pensaba en Finisterre cuando escribía: “Hay paisajes españoles que conducen a la locura y no me refiero a los de La Mancha que incendiaron el cerebro de Don Quijote…”.
Nuestras alteraciones climáticas son transposición de la crisis social y política que sufrimos. Temperatura benigna. Calor. Sequedad. Sol y frío. Acritud. Temporales. Gemidos de huracán donde todo se discute y pone en tela de juicio. Hasta si España debe suicidarse o no y repartir indiscriminadamente sus despojos. Tanto a nivel de Gobierno central como autónomos. Lluvia copiosa que bate contra tapias de cementerios y clama anarquista: ¡la tierra para quienes la trabajen! 

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