Apropósito se llama Antón

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Tuve la dicha ayer de asistir al Circo de Artesanos, convertido en ágora –lleno a rebosar, muchos de pie– para escuchar al tribuno de la plebe Antón de Santiago que, con su precisión habitual, nos presentó un libro sobre las interioridades del apropósito coruñés y los carnavales. El maestro –conocimiento firme y método didáctico para desmenuzar este género teatral– despide efluvios de patricio romano heredados de su abuelo, el periodista Nito, piedra angular en la renovación y rescate de estos “entremeses” carnavalescos en horas españolas muy negras. Dentro de unos días volveré sobre el libro presentado, con análisis de las líneas que componen mi columna.
Al margen de su honda preparación humana y profesional, la elocuencia –facultad de hablar bien con elegancia, precisión y laconismo– de Antón de Santiago corre pareja con sus saberes musicales y facultad para cantar. Hay mucho de autodidacta en el devenir de este erudito profesor y comentarista que ha entregado su vida a los demás. Porque bajo la aparente frivolidad del “apropósito” se esconde un trabajo incansable y duro de sencillo humanismo y ósmosis placentaria. Un Sócrates advenedizo –comadrón por ontonomasia– que nos enseña la verdad. O fascinación cuando Antón de Santiago nos enfrenta a ella repitiendo interrogaciones al infinito. Filosofía como una “totalidad” o poesía que ríe en los jardines; por aclararlo mejor, Hipócrates y su juramento recordado al médico que el enfermo no es una cosa, ni un medio, sino un fin, un valor.
Este bagaje constituye la capacidad intelectual de nuestro glosado autor. Un sentido dramático donde el sentimiento pulsa sus cuerdas. “¡Si la música es el alimento del amor, tocad!” nos ordena Shakespeare en su “Noche de Reyes”. Hay quien se empeña en trascender hacia los otros. Siglos pasados la música dormía en salas de conciertos, congresos y clases de conservatorios. Hoy, está viva en la calle.

Apropósito se llama Antón