DELIRIOS DE GRANDEZA

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Entre patético y ridículo resulta siempre querer presumir de algo que no viene a cuento o que está fuera de lugar, sobre todo si lo que se pretende es darse más importancia de la que realmente se tiene o merece. Algo de eso le pasaba a uno de mis profesores del instituto: viniera o no a cuento, solía aludir a un breve encuentro que, al parecer, había tenido con un ministro del Gobierno. En concreto la frase que dejaba caer era algo así como: “Y me dijo el ministro, mira fulano”, siendo fulano, por supuesto, su propio apellido. Se puede suponer la chirigota que había entre los alumnos.
La vanidad está a la vuelta de la esquina: “Usted no sabe con quién está hablando”, dicen algunos, sin el más mínimo pudor; otros lo piensan. Supongo que en todas partes cuecen habas, pero en el mundo académico eso de darse pisto es bastante frecuente. Conozco a alguno que, si te encuentras con él, no deja de ponerte al día de sus últimos viajes internacionales, siempre acaba de llegar de un sitio donde ha ido a hacer algo muy importante. Sea o no verdad, el estilo es un poco penoso, como aludir de continuo a conocimientos y personas que han de merecer reconocimiento y admiración.
A todos nos gusta presumir de algo, sea familia, hijos o logros profesionales, el peligro está en caer en la autocomplacencia. La figura del sabidillo estrafalario lleno de orgullo y vanidad es también por desgracia muy universitaria. Alumnos y profesores he conocido que sin haber hecho nada relevante se otorgan una importancia desmesurada. Hubo quien, apenas comenzados sus estudios, iba repartiendo tarjetas en las que se presentaba como “Humanista”. Si por casualidad consiguen seguidores entre la mediocridad reinante, la necesidad de demostrar que su valía no es algo imaginario, acaba en paranoia o megalomanía.
Ya digo que, por desgracia, el ambiente universitario es muy vulnerable a este tipo de delirios de grandeza. Quizá por eso, no me extrañaron demasiado las maneras del colega Pablo Iglesias, el líder de Podemos, que al ser interpelado por los periodistas sobre un determinado asunto, respondió incluyendo en la respuesta al primer ministro griego: “Alexis y yo pensamos…”, dijo. Podría haber dicho que pensaba lo mismo que el mandatario heleno, pero no, prefirió utilizar la conocida fórmula palaciega de “la reina y yo”: una especie de plural mayestático mejorado. El ridículo fue mayor al haber salido por televisión el ninguneo del agobiado Tsipras a nuestro joven líder carismático. La cursilería y la fatuidad al servicio de la nada; desde luego algunos no necesitan tener abuela ¡Si el otro Pablo Iglesias, el de verdad, el de Ferrol, levantara la cabeza!
 

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