CAMBIOS EN EL PAISAJE

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La falta de inteligencia no es un impedimento para ser nombrado subdelegado del Gobierno. Como tampoco lo era en su momento para ser nombrado gobernador civil; con que al candidato le sentase bien la camisa azul era suficiente, salvo que aspirase a un puesto más alto, porque entonces también tenía que manejarse con soltura en el arte del afeitado para no destrozar cada mañana el bigotillo de mosca y lucir gafas de cristales oscuros a cualquier hora del día y fuese cual fuese la intensidad de luz.

Ahora llega con estar al día en el pago de las cuotas al partido y conocer establecimientos discretos donde sus jefes puedan disfrutar cuando vienen de Madrid. Si además dominan el halago y en saben pasar la mano por la espalda, hasta pueden ser ambiciosos. Sin embargo, esas altas miras se frustran con frecuencia a causa de la lengua, que trabaja más rápido que el cerebro y les lleva a plantear disparates como si fuesen los proyectos lógicos.

Las planeadoras, equipadas con potentes motores, escapaban sin problema de la Guardia Civil; con un pequeño acelerón quedaba desbaratado el operativo

 

Así le ocurrió a un subdelegado del Gobierno en Pontevedra en los tiempos en que los narcotraficantes eran los amos de las rías. Las planeadoras, equipadas con potentes motores, escapaban sin problema de la Guardia Civil; con un pequeño acelerón quedaba desbaratado el operativo y los pasaban a ser en cuestión de segundos unos puntitos a varias millas de distancia de la lancha que transportaba la droga.

El subdelegado se valió de la lógica –su lógica– y anunció en público que tenía la solución al problema: instalar en el mar señales limitando la velocidad de los barcos. Si en las carreteras son efectivas y disuaden a los conductores de pisar el acelerador, explicó, no hay motivo para que en el agua ocurra lo contrario. Su carrera, que hasta ese momento había quien calificaba de prometedora, no conoció ya más ascensos.

Y es que recortar la velocidad siempre tuvo mucho predicamento entre los políticos con un nivel de poder medio. Los directores generales de Tráfico se volvían locos con la posibilidad de ralentizar la circulación, aunque únicamente fuese un kilómetro por hora. Solo cuando los avances tecnológicos provocaron que los radares se convirtiesen en aparatos tan familiares como el microondas o el secador del pelo, cambiaron de manía y su jornada laboral se redujo a buscar los lugares idóneos para cazar a más conductores infringiendo los límites de velocidad.

Ahora, para que se note el cambio de Gobierno, la directora general de Tráfico estudia la posibilidad de poner radares solo en puntos negros y en carreteras secundarias, con lo que la red viaria gallega se convertirá en una sucesión interminable de dispositivos de control que impedirá contemplar el paisaje.

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