Faltas y disculpas

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Me pasa con los hombres de cierta edad que tiendo a disculparles las faltas. Quizá por esa condición de abuelo bonachón que otorgo gratuitamente a todo aquel que supera los sesenta. Será por el gesto dulcificado con los años; el cansancio acumulado en la mirada y las arrugas tienen ese efecto. O por el genio aplacado. Será por la equivocada idea –esperanza, mejor-–de que incluso el que ha sido mala persona regresa al buen camino con el tiempo.

Leo sobre Castelao Bragaña y quiero buscar una explicación antes de lanzarme a la crítica despiadada. Que es indudable que merece, no obstante. Imagino una escena en la que busca la complicidad de los presentes y se me ocurre que el comentario sobre las leyes y las mujeres pretendiese ser un chascarrillo. Una de esas bromas entre machos que fanfarronean acerca de dominar a sus esposas o fantasean sobre lo que le harían en la intimidad a la vecina del quinto. Tonterías que nosotras fingimos no escuchar para no tener que plantearnos por qué seguimos al lado de semejantes cavernícolas, tan necesitados además de reafirmación masculina. Imagino, insisto, una escena así y a Castelao olvidando por un segundo esos modales exquisitos de los que hablan los que le conocen. Entregándose a la zafiedad y el mal gusto a cambio de apoyo.

Recreo sin demasiado esfuerzo la situación en mi cabeza. He estado presente en más de una. Patanes que pretenden halagar con insinuaciones lúbricas y pretendidos caballeros de la vieja escuela que al tiempo que despliegan su catálogo de paternalismos hacen manifiesta la condición de objeto de cuanta mujer hay en el mundo. Siempre entre risas y compadreo. Por lo general, con una copa en la mano. Actitudes que hasta hace poco solo se censuraban en privado. Cuando uno volvía a casa asqueado. El asunto no pasaba de enfriar la relación con quienes estarían mejor callados.

Pero las palabras ya no se las lleva el viento. Se reproducen –en ocasiones hasta la náusea– en los medios de comunicación y se replican en las redes sociales. Los personajes públicos responden de sus acciones. Al menos ante la opinión del pueblo, que no duda en atacar cuando es necesario. Dejando claro que hay cosas que ya no tienen cabida en la sociedad. Sugerir la violación de una mujer como algo legítimo, sea en broma o con total convicción, merece un castigo. El de la vergüenza y el desprecio, como mínimo.

Quiero pensar que Castelao buscó la chanza y no pretendía hacer apología de la violencia machista. Que hay una justificación, quizá en una educación de otra época. Una en la que mujeres de pata quebrada esperaban en casa con el plato de comida en la mesa. Aun así, sigo sin explicarme qué tiene en la cabeza un hombre que dice semejante barbaridad. Algunas faltas no tienen disculpa.

Faltas y disculpas