La vieja política

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Golpead las aldabas de los búnkeres donde políticos y partidos guardan su utilería ideológica y de propaganda, y preguntad: “¿Algún político de este siglo?”. Responderán sí, pero es no. Caminan por la historia tejiendo pensamiento añejo y sin vigencia.
Hablan de progresismo, pero no hacen sino reincidir en las viejas fórmulas de arquitectura social. Prometen reformismo, pero no reforman nada que no sea la renovada disculpa con que justificar el incumplimiento, y el patético esfuerzo por someternos a su gastada visión del mundo y la sociedad. Exigen cambiar la constitución, pero solo a fin de profundizar más en los viejos modos: fueros, singularidades… Claman por la república, pero sin dotarla de contenido.  
Viven de las eternas tensiones sociales: capital-comunismo, obrero-patrón, bancos-clientes… Sin embargo, no hacen nada por cambiar esa correlación de fuerzas. Nada que vaya más allá de la mera ocurrencia de saquear a los que tienen, en la estúpida creencia de lo inagotable de ese efímero recurso. Cuando lo que se impone acometer es la justa redistribución de la riqueza y el trabajo como el derecho que es.
Defienden con ardor lo público, pero nada dicen de la eficacia que lo ha de presidir, y la necesidad de sustraerlo de la manipulación política. La nueva política ha de ser gestión sobre la base de la solidaridad y la justicia, ejecutada por personas cualificadas, y libres de ataduras lejos de su responsabilidad.

La vieja política