DEBATE ESPECTÁCULO

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El programa debe de tener un público muy fiel. De otra manera es difícil entender el éxito de audiencia  del  cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, del pasado domingo, en una cadena privada de televisión. Se trató de una emisión grabada, editada y, por tanto,   más que posiblemente cocinada. Pero a decir verdad, a pesar de su novedosa escenografía, resultó más bien aburrida. 
Dedicar un 85% del tiempo –hora y cuarto en antena–a picotear sobre cuestiones económicas fue excesivo. El líder de Podemos, además, no sabía mucho por dónde se andaba mientras que el fundador de Ciudadanos se movía con soltura.  El resto se lo repartieron  unas pinceladas sobre  Cataluña; un cuestionario si/no sobre temas puntuales de la actualidad política, y cinco cortes publicitarios a la brava. A pesar de todo, el debate espectáculo se convirtió en un notable repaso  de Rivera sobre Iglesias. Según el presentador, nada estaba pactado. Pero brillaron por su ausencia cuestiones que en cualquier otro espacio similar no hubieran faltado. Y faltó también una cierta presión sobre el cabeza visible de Ciudadanos para, excepción hecha de la economía, hacerle salir de su habitual indefinición. En realidad, poco más novedoso aportó que su pretensión de hacer pagar el IBI a la Iglesia católica y de retirar los conciertos a los colegios que optan `por la educación diferenciada. 
Nada se habló de eventuales pactos postelectorales, como si de  otra omisión convenida se hubiera tratado. Pero preguntar por alianzas y `pactos es de alto interés porque significa interrogar sobre qué es lo primero que van a hacer con el voto de cada quién. Y hubiese sido bueno que especialmente Rivera hubiera disipado dudas sobre si, en respeto a los resultados de las urnas, debería gobernar la lista más votada. 
En lo que sí estuvo solícito el dirigente de Ciudadanos fue en dejar sentando  que “no somos de derechas”. Y en realidad así es, como muy bien puede deducirse de las votaciones en las cinco comunidades en que tiene firmados pactos: con el PSOE en Andalucía y con el PP en Rioja, Castilla y León, Madrid y Murcia. Mientras que en la primera el acuerdo discurre como la seda,  en las dos últimas las cosas  funcionan de muy otra manera. Son bastantes más las veces que vota con PSOE y Podemos que con el PP,  a pesar de haberlo apoyado en la investidura.
Porque esa es otra: Ciudadanos –y otros- amparan investiduras, pero  no se corresponsabilizan en la acción de gobierno.  Ello genera gobiernos inestables en minoría. Justo lo contrario de lo único que en teoría daría sentido a los pactos. Sobran ejemplos. 

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