Manuel

|

Los andaluces cantan pañuelos de silencios a la hora de partir. Nosotros, druidas celtas, afirmamos un clamor de saudades al terminar la temporada de baños. Así mi compañero Manuel se me ha escapado de las manos. Ya será historia hasta el próximo verano. Cualquier día podremos charlar un segundo pero nada será igual.
Porque Manuel encarna ese amigo que todos deseamos tener al lado nuestro. Ese alma con chispa de Dios en sus ojos. Sereno. Cordial. Afectuoso sin ser pesado. Solícito ante cualquier deseo. Sin falsos sentimentalismos ni memeces. Adivinando cuanto se quiere de él y dispuesto siempre a darlo. Estoico. Frugal. Intuitivo. Con madera de héroe maduro. 
Uno de esos tipos maravillosos que no salen en los papeles, ni glosan las emisoras de radio o reproducen las televisiones... Criatura ascética que discurre el litoral de la playa buscando soledades como entretenimiento. Una florecilla de Francisco de Asís junto a una migaja de Lázaro de Tormes. También un protagonista de Dickens o el jardinero de Rabindranath Tagore que cultiva las estrellas del cielo coruñés.
Lo veo en la meseta de las duchas, al pie de la escalera, rincón donde cambiamos el bañador mojado por otro seco. Ingenuo pero analítico, observador pero prudente, generoso pero justo. Y cuando se pone a caminar no hay quien consiga rebasarlo. Calza botas de siete leguas y recorre el Orzán, Berberiana y Matadero. Y si lo hace por el Paseo Marítimo va desde Millenmium hasta Torre de Hércules y viceversa. 
Ahora que Platón ha sido expulsado de clase por inoperante, pudiera dar en un Sócrates sin comentaristas o un Carpintero sin evangelistas. Para mí, siempre un tipo difícil y maniático, mi amigo me recuerda el menor de los hermanos tártaros, Alei, que Dostowieski conociera en presidio y plasmará en  Alioscha Karamazov: “Toda su alma podía verse en su semblante... Astuto y bonachón... Cordial e infantil... Manso y humilde...”

Manuel